—¡Ayuda! ¡Que alguien ayude, sálvenlo! ¡Un doctor! ¡Llamen a un doctor! —gritó Cecilia desesperada.
Sin embargo, sin la orden de Valeria, nadie de los presentes movió un solo dedo.
Si su cuerpo hubiera estado recuperado y las condiciones lo permitieran, tal vez Cecilia habría podido arrebatarlo de las garras de la muerte.
Pero en ese momento no podía hacer nada y estaba a merced de sus captores.
La sangre manchó sus manos y también tiñó de rojo su vestido de novia.
—No... no grites más. Sé que... sé que no me queda... no me queda mucho tiempo... quiero... quiero decirte algo.
—Solo... solo un par de cosas...
Cecilia, que casi nunca lloraba, sintió que los ojos se le humedecían.
—No hables...
—¡No! Tengo que decirlo, me temo que... no tendré otra oportunidad...
—Ce... Cecilia, quiero decirte que, en realidad... siempre me has gustado...
—Fui un mujeriego toda mi vida. Sé que no fui más que un patán, pero por ti... lo que sentía por ti era algo muy profundo.
—Si vine... a la casa de los Rivas, fue solo... para... para poder verte un poco más, para estar más cerca de ti...
Un profundo dolor se apoderó de Cecilia.
—¡Ya no hables, por favor, no digas más!
—Si... si muero... ¿te acordarás de mí?
—Me... me llamo... Ismael.
A Cecilia le temblaban las manos y la voz se le quebraba al responder.
—¡Me acordaré! ¡Siempre te recordaré, Ismael!
Ante esta escena, Valeria bufó con frialdad.
—¿Lo ves, Claudia? Este hombre jamás te quiso, solo te estuvo usando. ¡Incluso en su lecho de muerte, no siente nada por ti! ¡Los hombres de este mundo no valen para nada!
Claudia logró salir de su estupor.
Ignorando las palabras de Valeria, corrió hacia donde estaba Ismael.
—Ismael, ¿cómo pudiste hacerme esto? —preguntó con los ojos enrojecidos.
Cayó desplomada en el suelo, con el alma destrozada.
***
—¿Mi hijo está bien? —preguntó Valeria.
Bajo los cuidados médicos, Leandro había recuperado el conocimiento.
Cuando Valeria y los demás habían llegado y descubierto a Leandro inconsciente en la habitación, se habían llenado de furia.
—Señora, el joven está bien.
—Leandro... —murmuró Valeria, mirando a su hijo con un amor indescriptible.
Era su único hijo y deseaba darle todo lo hermoso que este mundo tuviera para ofrecer.
—¡Mamá, ¿dónde está mi esposa?! ¡Quiero a mi esposa! ¡Quiero a mi esposa! —empezó a gritar Leandro, tironeando de la ropa de Valeria.
—Está bien, está bien. Mercedes, lleva a mi hijo a la habitación ahora mismo. Esta noche, esos dos tienen que estar juntos sin falta. ¿Ya le enseñaste todo lo que debía saber?
—Sí —respondió Mercedes—, ya le expliqué cómo consumar el matrimonio.
—Me parece perfecto, vayan de una vez. Hoy ocurrió algo de muy mala suerte, ojalá que este mal trago pase pronto —rezó Valeria en su interior.

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