Yolanda, que había estado esperando en la puerta muerta de angustia, entró de inmediato y tomó las manos de su hija con fuerza; tenía las palmas heladas y sudorosas.
—¡Kari! ¡Me diste un susto de muerte! Te gritábamos y no escuchabas nada...
A Yolanda se le quebró la voz; ver a su hija con la mirada perdida le había vaciado el alma.
Karina vio la preocupación en el rostro de su madre y sintió una punzada de culpa.
Apoyó la mejilla en el dorso de la mano de su mamá, frotándose suavemente como cuando era niña, y dijo con dulzura:
—Mamá, perdóname, me equivoqué, fue un accidente de verdad.
—Te prometo que no va a volver a pasar, lo juro.
Se quedó platicando un rato con Yolanda.
Ninguna de las dos mencionó el tema de la niña.
Después de un rato, al ver que Karina recuperaba algo de color, Yolanda se tranquilizó un poco.
De repente se levantó, echó un vistazo a Lázaro, que seguía en silencio al pie de la cama.
Luego, tomó la mano de Karina y la puso sobre la mano grande de él.
—Bueno, ya no les hago mal tercio.
—Voy a la cocina a ver lo de la cena, le diré al chef que prepare un buen caldo.
Dio unas palmaditas sobre las manos unidas de ambos. —Kari, platica bien con tu marido.
—Tanto tiempo sin verse, seguro tienen mucho que decirse.
Yolanda salió de la habitación y cerró la puerta con delicadeza.
El cuarto se quedó en silencio al instante.
Lejos de platicar, el silencio entre ambos se hizo más profundo.
El ambiente se sentía algo extraño.
Karina se recargó en la cabecera y arrugó las sábanas con los dedos, sintiéndose un poco culpable.
Se suponía que escaparse para volver iba a ser una gran sorpresa para Lázaro.
¿Y cuál fue el resultado?
No sabía si había sido sorpresa, pero susto, seguro que sí.
Todo ese alboroto había dejado a todos temblando, especialmente a Lázaro.
Levantó la vista disimuladamente para mirar al hombre junto a la cama.
Él seguía parado ahí, derecho, con los músculos tensos y un aura imponente.
Karina no se atrevió a verle la cara y retiró la mano despacito.
La mano de él quedó vacía.
Lázaro frunció el ceño de inmediato, pero no dijo nada.
Se quedaron así unos segundos.
Al final, fue Lázaro quien cedió primero.

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