Al ver a Lázaro salir, todos juntaron los talones al instante, a pesar de que algunos hacían muecas de dolor.
—¡Capitán Lázaro!
Su voz tronó tan alto que hizo parpadear las luces del pasillo.
Lázaro barrió a los hombres con la mirada y asintió levemente con la cabeza.
—En marcha.
El grupo comenzó a caminar en silencio hacia la Unidad de Cuidados Intensivos.
Karina iba detrás de ellos, sin decir una palabra, y deslizó la mirada por cada uno de ellos.
Uno, dos, tres...
Con Lázaro incluido, eran siete.
Si se contaba a Mario, que estaba acostado en la UCI.
Eran ocho.
Karina dejó escapar un suspiro de alivio.
El escuadrón de Los Colmillos del Tigre, de ocho miembros, estaba completo; aunque venían con cicatrices, todos habían regresado vivos.
En poco tiempo, el grupo se detuvo frente al cristal de la UCI.
A través del gran ventanal transparente, podían ver todo lo que pasaba adentro con claridad.
El sonido frío y constante de los equipos médicos llenaba el ambiente con su tic-tac.
Mario yacía en la cama, cubierto de tubos de la cabeza a los pies y con un semblante tan pálido como el papel.
Y Belén Soler, vestida con una bata esterilizada de color azul, estaba sentada al borde de la cama.
Aferraba con fuerza la mano que no tenía el goteo intravenoso de Mario, con la cabeza gacha, murmurando palabras al vacío.
Al percatarse del alboroto afuera de la ventana, sus ojos, ya enrojecidos e hinchados de tanto llorar, se pusieron aún más rojos.
Lázaro se paró al frente, observando a su compañero en la cama.
Tenía la mandíbula tensa y no soltó palabra alguna.
Los hombres a sus espaldas guardaron silencio.
—¡Firmes!
Lázaro fue el primero en ejecutar un saludo militar.
Todos los demás levantaron la mano derecha al mismo tiempo para ofrecerle un saludo perfecto a Mario a través del cristal.
Sus movimientos eran impecables y cargados de vigor.
Era una muestra de respeto silente.
Y también un pacto inquebrantable de vida y muerte.
En ese momento, el doctor encargado del caso de Mario se acercó con el expediente en las manos, su rostro serio y preocupado:
—¿Ustedes son los compañeros de armas del paciente?
Lázaro bajó la mano y se volvió hacia él con voz apagada y ronca:
—Yo soy el capitán. ¿En qué estado se encuentra?
El doctor dejó salir un largo suspiro antes de hablar:
—La situación no es nada alentadora, por mucho que nos esforcemos, sigue estando en peligro crítico.
—Los órganos internos del paciente sufrieron un golpe fortísimo y tiene una herida profunda en el pecho. Tuvimos que intervenirlo quirúrgicamente y abrirle el pecho en dos ocasiones.

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