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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1147

Karina tomó su mano grande, lo miró a los ojos y contestó:

—Llegué ayer.

Miró por la ventana el cielo que comenzaba a oscurecerse y le preguntó en voz baja:

—¿Y la misión de ustedes... ya se terminó por completo?

Lázaro asintió con la cabeza:

—Sí. Capturamos viva a la líder y desmantelamos la guarida. Del resto se encargarán otros, yo no tengo de qué preocuparme.

Al decir esto, su mirada se entristeció ligeramente y observó a Karina con una expresión de disculpa:

—Perdóname, Kari.

—Te había prometido ir a Boston a pasar la fiesta de Fin de Año contigo.

—Creí que esto acabaría rápido y que llegaría a tiempo, pero esa mujer resultó ser bastante problemática... Obviamente, no lo logré.

Al día siguiente era Año Nuevo.

Sin embargo, Karina sonrió, restándole importancia.

—¿Acaso no estoy aquí?

—Mientras estemos juntos, no importa dónde pasemos la fecha.

—Además...

Karina extendió la mano para desabrochar el uniforme de combate de Lázaro y adoptó un tono más severo:

—Ahora nada de eso importa, lo principal es que te recuperes.

—Déjame revisar en qué estado se encuentran esas heridas.

Lázaro le tomó la mano, bajó la mirada para verla y formó una sonrisa descarada en los labios.

—El doctor apenas me vendó. ¿Quieres que me quite las vendas para que mires y luego me las vuelva a poner?

—No creo poder aguantar tanta tortura.

Karina apretó los labios, sabiendo perfectamente que el hombre solo ponía excusas para que no viera sus heridas.

Volteó su mano para agarrar la de él, con actitud testaruda.

—De acuerdo, no las miraré.

—Pero no te quedes ahí de pie, ve a acostarte un rato en la cama.

Dicho esto, intentó tirar de él hacia la cama.

Sin embargo, Lázaro simplemente hizo un poco de fuerza con la muñeca y volvió a arrastrarla hacia su pecho.

La abrazó y volvió a esconder el rostro en la curva de su cuello, respirando hondo.

Era el aroma único que solo ella poseía, más efectivo que cualquier analgésico.

—No te muevas, déjame abrazarte un poco más.

Su voz sonaba ahogada, revelando un cansancio imposible de ocultar.

Y también un profundo y puro afecto hacia ella.

A Karina se le encogió el corazón; levantó los brazos y lo rodeó por la cintura con delicadeza.

Lázaro se restregó contra su cuello, provocándole un suave cosquilleo en la piel.

—Dentro de un rato tengo que ir a ver a Mario.

Con voz profunda, continuó hablando lentamente:

—Después de ver a Mario, tendré que regresar a la base militar para entregar mi reporte.

—Esta noche, es probable que... tarde un poco en volver contigo.

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