Karina observaba la escena de pie a un lado, tapándose la boca con la mano para ahogar el llanto.
Se le encogía el alma al ver ese nivel de camaradería.
Finalmente, Lázaro, que había permanecido en silencio todo ese rato, se aproximó al micrófono.
No comenzó a dar voces ni a gritar como los demás.
Simplemente posó su mirada tranquila sobre Mario, con unos ojos oscuros que demostraban gran determinación.
Como si estuviera a punto de dar la última de sus órdenes en una misión.
—Mario, la misión concluyó con éxito.
—Nuestras tropas lograron capturar viva a la líder; está de vuelta y enfrentará a la justicia.
—También nos deshicimos de las fuerzas restantes en esa zona por completo.
La voz de Lázaro sonó firme y potente, resonando a través del pasillo vacío:
—Yo mismo me encargué de Clara y te vengué.
—Levántate y reporta tu regreso al equipo, Mario.
Esa era una instrucción de su capitán.
Y a la vez, el llamado de un amigo leal.
Sin embargo, el hombre de la cama seguía inmóvil.
Las líneas del gélido monitor mostraban un latido débil y constante, sin variación alguna.
Un minuto.
Dos minutos.
Lázaro se quedó mirando fijamente a Mario durante un largo tiempo, y la arruga de su entrecejo se hizo más profunda.
Finalmente, cerró los ojos y trató de enmascarar el dolor en su interior.
—Vámonos.
Se dio la vuelta y movió la mano de manera enérgica.
—Tenemos que regresar a la base y presentar el reporte.
Aquellos soldados robustos se voltearon lentamente en silencio, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
Empezaron a caminar tras Lázaro en dirección a las escaleras, avanzando con pasos enormes.
Lázaro detuvo el paso por un segundo al pasar junto a Karina.
La miró fijamente y le dijo:
—Espérame aquí.
Karina asintió con determinación y respondió con la voz afónica:
—Claro, ten cuidado.
Los demás soldados que iban a sus espaldas aminoraron la marcha al pasar a su lado.
Aunque tenían los ojos rojos por el dolor, hicieron todo lo posible por regalarle una sonrisa que parecía más una mueca trágica.
—Buen día, señora Juárez.
Los saludos, uno tras otro, fueron pronunciados con toda sinceridad.
Karina asintió en señal de respeto mientras las lágrimas amenazaban con salir.
El enorme grupo se encaminó a las escaleras a paso firme.
Y eso que tenían los ascensores justo al lado.
—¡Mario, escúchame bien!
—Si de verdad no te atreves a despertar y prefieres seguir en estado de coma...
—¡Tres días! ¡Dentro de tres días me voy a unir a otra familia!
—¡Me voy a buscar un hombre más guapo y más complaciente que tú!
—¡Y voy a tener los hijos de otro hombre! ¡Voy a dejar que duerman conmigo, tu esposa! ¡Y vamos a gastar todo el dinero que te corresponde!
—¿Me estás escuchando? ¡Si quieres que otro ocupe tu lugar, sigue durmiendo!
El médico, apenado por la situación, insistió:
—Señora, le suplico que nos deje a solas, ya se acabó la visita.
Belén observó a Mario por última vez con detenimiento y, a paso lento, le soltó las manos.
Aquello le provocó una sensación horrible; era como arrancarse la propia alma.
Belén dio media vuelta y caminó hacia la puerta de forma autómata, como si le hubieran despojado de toda energía.
Caminaba embargada de desesperanza.
Al punto de que no se dio cuenta.
En un lapso de menos de dos segundos luego de haber soltado la mano de Mario.
El dedo índice de este, que reposaba sin fuerza alguna sobre las sábanas de la cama.
Tuvo un movimiento levísimo.
Tan diminuto que ni los monitores de primer nivel lograron captarlo.
Y, por consiguiente, pasó completamente desapercibido.

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