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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1056

Karina detuvo el paso y levantó la vista.

Un hombre joven, vestido con camisa de marca y apestando a alcohol, estaba recargado en el marco de una puerta abierta, recorriéndola con la mirada sin el menor disimulo.

—Tsk, tsk, tsk, pero si estás cada vez más guapa. ¿No quieres venir a cantar una con nosotros?

—Aquí tengo buen alcohol, te aseguro que te vas a sentir… —El hombre soltó una risita, con un tono tan vulgar que daba asco—, como en el paraíso.

Las palabras obscenas ni siquiera terminaron de salir de su boca cuando una sombra negra se disparó desde detrás de Karina.

Amelia, con el rostro inexpresivo, lanzó una patada precisa y brutal directo al abdomen del hombre, cortando el aire con un zumbido.

—¡Pum!

Un golpe seco retumbó en el pasillo.

El tipo, que hacía un segundo escupía porquerías, salió volando hacia el interior del privado como un costal de papas, estrellándose violentamente contra la mesa de cristal. Copas y botellas estallaron al instante, dejando un desastre en el suelo.

Amelia bajó la pierna, con la voz helada:

—¿Crees que puedes faltarle al respeto a la señora?

El estruendo alborotó todo el privado.

En la penumbra, siete u ocho jóvenes vestidos con ropa cara se pusieron de pie de golpe, mientras las chicas que los acompañaban gritaban y se encogían de miedo.

El hombre que había salido volando se revolcaba entre los vidrios rotos, con la cara pálida del dolor. Levantó la cabeza con dificultad, señaló hacia la puerta con el rostro desfigurado por la rabia y gritó:

—Karina… ¡maldita perra!

—¡Una facilota con esa reputación de mierda se atreve a que me golpeen!

En un rincón, Tomás, que bebía solo y amargado, levantó la cabeza de golpe.

Apartó a la mujer que tenía al lado y se puso de pie, pero no se movió.

Miró la figura fría y solitaria en la puerta, y una luz oscura cruzó por sus ojos.

Los que estaban sentados ahí eran los típicos *juniors* intocables de la alta sociedad de Villa Quechua, acostumbrados a hacer lo que se les daba la gana sin consecuencias.

Esa patada de Karina era, sin duda, como patear un avispero; estaba buscando su propia tumba.

Esperaría a que este grupo la acorralara, a que la humillaran hasta que no tuviera dónde esconderse ni a quién recurrir.

Entonces, él bajaría como un salvador para sacarla del apuro.

En ese momento, ella entendería quién era el único que realmente podía protegerla, quién era su único apoyo.

Muy pronto, la manada de hombres se agolpó en la puerta del privado.

Más de una docena de ojos se clavaron en Karina, con miradas lascivas y llenas de malicia.

—Vaya, me preguntaba quién era para tener tantos huevos. ¿No es la señorita Karina que desapareció por más de un año?

—Escuché que Valentín la tuvo encerrada todo ese tiempo. ¿Qué pasa, todavía no te has muerto de tanto jugar?

—Tsk, tsk, yo creo que no ha tenido suficiente. ¿Acaso Valentín es tan salvaje que te dejó el cuerpo así de entrenado?

—¡Jajajaja! ¡Yo creo que sí! Si no, ¿cómo se atrevería a provocarnos nada más llegar?

Capítulo 1056 1

Capítulo 1056 2

Capítulo 1056 3

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