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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1062

¡Rechinido!

El agudo sonido de los frenos resonó de forma estridente a las afueras del Club Estrella Dorada.

El auto se orilló bruscamente y se detuvo.

La inercia hizo que ambos se fueran hacia adelante.

Olivia frunció el ceño con fuerza. Ese rostro que siempre solía mostrar una sonrisa cálida, estaba ahora cubierto por una capa de hielo.

Se volteó para ver a Sebastián directamente a los ojos. Su tono de voz fue más duro que nunca.

—Señor Estévez, creo que de verdad está confundido.

—Vine por usted únicamente para aclarar lo que pasó hace un rato, nada más.

—Ya que estamos divorciados, ese papel que firmamos fue el punto final. Yo, Olivia, jamás me rebajaría a rogarle a mi exesposo.

Respiró hondo y señaló la puerta del auto.

—Ya que nos dijimos las cosas de frente y quedó todo claro, le voy a pedir que se baje de mi coche.

Sebastián no se movió.

Sus ojos, que siempre tenían un brillo burlón, ahora estaban clavados en Olivia, como si intentara leerle la mente.

Parecía querer encontrar alguna falla en su rostro.

Algún rastro de que estaba fingiendo.

O al menos una señal de que solo se estaba haciendo la difícil para llamar su atención.

Pero no había nada.

Olivia estaba inexpresiva, con una mirada completamente serena. No había cariño, no había ganas de complacerlo e, incluso, ni siquiera había rencor.

Su actitud era impecable.

Parecía una persona completamente distinta a la Olivia del pasado.

Un destello de confusión cruzó por los ojos de Sebastián.

¿De verdad había cambiado? ¿O su actuación había mejorado tanto?

En la mente de Sebastián aparecieron las imágenes de cómo era ella antes.

Cuando recién se habían casado, parecía llevar la palabra "cazafortunas" tatuada en la frente.

Cada vez que él iba a la mansión de los Estévez, ella actuaba como una sirvienta dispuesta a atenderlo a cualquier hora.

Si él llegaba borracho y vomitaba todo el piso, algo que a los demás les daría asco, ella le limpiaba el cuerpo y le cambiaba la ropa sin cambiar de expresión y sin quejarse ni un poco.

Pero tras un año de verla triunfar en el mundo empresarial con resultados tangibles, incluso los amigos de su círculo social hablaban maravillas de la directora del Grupo Galaxia.

Eso dejó a Sebastián desconcertado.

¿Cómo era posible que una mujer superficial, a la que solo le importaba el dinero, fuera tan capaz?

Ese enorme contraste lo llenaba de una frustración inexplicable.

Y lo peor era que ahora, estando a solas, ¿seguía metida en su papel?

¡Estaba dispuesto a arrancarle esa máscara de hipocresía a como diera lugar!

Sebastián dejó escapar una risita fría y sacó con calma su celular del bolsillo interior del saco.

—Bueno, ya deja el teatro. Como estamos divorciados, es verdad que no debería usar tu coche de a gratis.

Abrió la pantalla de transferencias, con el pulgar flotando sobre el teclado y un tono de voz arrogante, como si le estuviera dando limosna.

—¿No es dinero lo que quieres? Hubieras empezado por ahí en vez de hacerte tanto la víctima.

—Habla. ¿Cuánto quieres?

Levantó la vista, mirándola de arriba a abajo con desprecio.

—¿Cinco mil pesos? ¿Te alcanza con eso?

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