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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1061

Beatriz no notó el sarcasmo en sus palabras; al contrario, le pareció que la vibra de ambos encajaba de manera inexplicable.

De inmediato, asintió como si fuera una vendedora:

—¿Qué te parece, Sebastián? Mi amiga no solo es guapísima, sino que su capacidad de trabajo es impecable.

—Si logras andar con ella, ¡te juro que te sacas la lotería!

Sebastián Estévez dejó escapar una risa fría y casi imperceptible, tragando saliva con pesadez.

No miró a Beatriz. Sus ojos, que siempre mostraban una mezcla entre burla y desapego, se clavaron directamente en Olivia Acosta.

Era una mirada penetrante, como si quisiera arrancar de tajo esa fachada de mujer de élite que ella llevaba puesta.

Olivia frunció el ceño. No esperaba que Beatriz saliera con algo tan repentino, y mucho menos que Sebastián la mirara de esa forma.

Parecía una burla, como si estuviera viendo a un payaso.

Rápidamente, le dio un fuerte jalón a Beatriz del brazo:

—¡Beatriz! Estás borracha, ¿verdad? ¡Deja de andarle jugando a Cupido! ¡Él y yo jamás seríamos algo!

Pero Beatriz seguía insistiendo:

—¿Por qué no?

—Mira, Sebastián es un hombre exitoso, y tú también lo eres. Él es un galán y tú eres preciosa.

—¡Son el uno para el otro! ¡Hacen una pareja perfecta en todos los sentidos!

Olivia no pudo evitar regañarla en voz baja:

—¡Ya no digas más! El punto es que él y yo no tenemos ninguna posibilidad, ¡jamás!

Sebastián observaba a la mujer que tanta prisa tenía por deslindarse de él, y la diversión en sus ojos se hizo más evidente.

«Antes se le pegaba como chicle y no podía quitársela de encima, ¿y ahora resulta que se hace la digna?»

Se frotó la barbilla con sus largos dedos y de pronto habló, con voz perezosa:

—Claro. Creo que Beatriz tiene razón, podríamos... intentar salir.

Olivia levantó la vista de golpe, mirándolo incrédula:

—¡Sebastián! ¡Esa clase de bromas no dan nada de risa!

¿Qué estaba haciendo? ¿Quería humillarla?

Él sabía perfectamente qué tipo de relación habían tenido en el pasado y recordaba muy bien cómo le había exigido fríamente que se largara.

Beatriz, que no sabía nada del contexto, pensó que se estaban coqueteando y se esforzó aún más en juntarlos:

—¡Mira! ¡Hasta Sebastián ya dio su brazo a torcer! Olivia, no te pongas tus moños. El amor nace de la convivencia, ¿qué tal si pega?

—¡No hay ningún "qué tal"! —A Olivia se le encendió la sangre y su voz sonó dura—. Beatriz, en fin, él y yo no tenemos futuro.

Le lanzó una mirada fría a Sebastián y esbozó una sonrisa de burla hacia sí misma:

—El señor Estévez tiene los estándares muy altos, nunca se fijaría en alguien con mi origen y mi clase.

Dicho eso, agarró su bolso.

—Ya es tarde, tengo cosas que hacer. Me voy.

Sebastián entrecerró los ojos, clavando la mirada en la espalda de Olivia. Un destello oscuro cruzó por sus pupilas.

Beatriz se sintió bastante incómoda y se apresuró a suavizar las cosas:

Olivia agarraba el volante mientras miraba de reojo al hombre en el asiento del copiloto.

—Señor Estévez, a Beatriz le encanta andar emparejando gente. Siempre que ve a un hombre con buen perfil, quiere que lo intente. No se vaya a hacer ideas equivocadas.

Hizo una pausa y añadió:

—Además, para la próxima no me pida que venga a recogerlo. No quiero que alguien nos vea y se generen chismes innecesarios.

Ya había enfilado el coche hacia la avenida principal cuando entró la llamada de Sebastián.

Él habló con un tono autoritario, exigiéndole que fuera por él, tal como lo hacía hace mucho tiempo cada vez que se emborrachaba.

Ella pensaba negarse, pero las palabras previas de Beatriz la hicieron dudar. Temía que él lo malinterpretara, así que decidió dar la vuelta para recogerlo, solo para dejar las cosas en claro.

Al escucharla, Sebastián se quedó mirando el perfil tenso de Olivia, con una sonrisa a medias.

—Si no querías venir por mí, bien pudiste decir que no.

Olivia se quedó pasmada y volteó a verlo por instinto:

—¿Qué dijiste?

Sebastián soltó una carcajada burlona mientras tamborileaba los dedos sobre su muslo.

—Hace un rato te negaste muy contundente, pero con una sola llamada mía, viniste rapidísimo sin chistar.

—Pensé que de verdad eras tan fría y decidida como aparentas, pero al final sigues siendo la misma de siempre.

Sebastián se inclinó un poco hacia ella, mirándola con desdén.

—Olivia, ¿no me digas que todavía te aferras a esa fantasía ridícula?

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