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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1119

Al otro lado de la videollamada.

El celular de Lázaro de pronto empezó a sonar.

Debido a esa llamada repentina, la videollamada con Karina se cortó de inmediato.

El tono sobresaltó a Lázaro, que abrió los ojos de golpe.

En ese instante, su mirada no mostraba ni rastro de sueño, sino que destellaba un brillo frío y letal.

Su cuerpo reaccionó instintivamente adoptando una postura defensiva, y su mano derecha se deslizó hacia su cintura para sacar un arma.

Pero no encontró nada.

Solo entonces se dio cuenta de que estaba en el hospital, no en el campo de batalla.

Segundos después, sintió una profunda oleada de frustración.

¡Maldición! ¡¿Se había quedado dormido?!

¡Y para el colmo, por más de cinco horas!

Lázaro se frotó las sienes y miró la pantalla del teléfono.

La videollamada se había desconectado y solo se veía un número entrante.

No estaba guardado.

Pero reconoció los dígitos de inmediato.

Frunció aún más el ceño, pero terminó contestando.

De inmediato, se escuchó la voz llorosa de una mujer al otro lado:

—Lázaro, ¿puedes venir a salvarme? Tengo mucho miedo...

Lázaro frunció el ceño con molestia: —¿Qué sucede?

La mujer empezó a explicar atropelladamente:

—Estaba filmando una película en Puerto Maristes. Cuando supe que el escuadrón había regresado a la frontera, supe que debías estar ahí y quise ir a verte.

—Pero unos paparazzi empezaron a perseguir mi camioneta. Para despistarlos, hice que mi mánager y mi asistente se llevaran mi vehículo oficial para distraerlos, y yo agarré un Bentley por un camino secundario. Pero el auto se averió.

La mujer no era otra que la gran estrella del momento, Mónica.

Mónica suspiró, arrepentida y desesperada:

—Me quedé atascada en medio de la nada y la señal va y viene.

—Me costó muchísimo lograr que esta llamada entrara... Lázaro, ¿puedes venir por mí?

Media hora más tarde.

Una camioneta negra avanzaba a toda velocidad por el camino de terracería.

A lo lejos, Lázaro distinguió un Bentley blanco estacionado de forma torpe en una zanja junto a la carretera.

Mónica estaba acurrucada dentro del auto.

Cuando vio acercarse a la camioneta y, a través de la nube de polvo, reconoció al hombre en el asiento del conductor, sus ojos brillaron de alegría.

Mónica, emocionada, se quitó las gafas de sol y salió del auto de un salto.

A pesar de estar en medio de la nada, iba cubierta de pies a cabeza.

Llevaba una gabardina cerrada hasta el cuello y un pañuelo envolviéndole la cabeza, temerosa de que alguien pudiera reconocerla.

Esos ojos que dejaba a la vista brillaban con lágrimas contenidas, mirándolo con un toque de vulnerabilidad.

Lázaro dio la vuelta a la camioneta con agilidad, posicionando la puerta del copiloto frente a ella.

Bajó la ventanilla a la mitad y se escuchó su tono distante:

—Sube.

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