Mónica se acercó rápidamente, abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
Mientras se abrochaba el cinturón de seguridad, miraba de reojo a Lázaro.
Al ver que, aunque su rostro estaba pálido, se le notaba con energía, sintió que le volvía el alma al cuerpo.
La camioneta comenzó a avanzar. Lázaro tenía la mirada fija en el camino y su voz sonó profunda.
—No deberías haber venido a este lugar.
Mónica lo observó, admirando su perfil perfecto.
—Estaba preocupada por ti. Desde que aclaramos el malentendido la última vez, no he dejado de pensar en ti.
—Sé que no debía venir a causar problemas, pero Lázaro...
—Aunque sea por la memoria de tu hermano, tienes que cuidarte mucho.
—Tu hermano ya no está con nosotros, y si a ti te pasara algo, no sabría qué hacer.
Al escuchar las palabras "tu hermano", los dedos de Lázaro se clavaron en el volante.
No dijo nada más, tomó el celular que estaba en la consola central y, usando una sola mano, envió una ubicación.
—En un rato mi gente vendrá a buscar el auto para repararlo. Cuando esté listo, te vas de inmediato, no te quedes aquí.
Iba muy rápido, el camino era irregular.
El cuerpo de Mónica rebotaba con cada bache y, por instinto, se agarró del asa del techo.
Observando el rostro duro y frío de Lázaro, preguntó con cierta duda:
—Lázaro, ¿tu esposa... no ha venido a verte?
Lázaro le contestó con un simple: —No.
Mónica se sorprendió exageradamente: —¿No vino? ¿Cómo es que no ha venido? Seguro que esta vez saliste muy lastimado...
Lázaro la cortó con indiferencia: —Tiene sus propios asuntos que atender.
Mónica frunció el ceño; su tono se volvió indignado.
—¿Qué asunto puede ser más importante que tú?
—Lázaro, te estás jugando la vida por el país, literalmente fuiste a saludar a la muerte.
—Como tu esposa, ¿no debería haber tomado el primer vuelo para cuidarte?
—Por muy importantes que sean sus cosas, ¿pueden importar más que tu vida?
Mónica sonaba cada vez más frustrada, como si le doliera la injusticia, y su voz se llenó de enojo.
—Hasta yo me preocupé lo suficiente para venir hasta acá, pero ella ni siquiera se asoma.
—Lázaro, ¿acaso no le importas en lo absoluto?
Lázaro frunció el ceño con fuerza, pero su voz sonó protectora.
—Iré a buscarla cuando termine mis asuntos aquí.
Mónica lo miró, sin poder creerlo: —¿Tú tienes que ir a buscarla?


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