El auto avanzaba a toda velocidad.
Pronto, el imponente edificio del Hospital Militar Fronterizo apareció en su campo de visión.
Apenas el auto se detuvo, Belén abrió la puerta, saltó y corrió hacia el área de hospitalización.
Lázaro apagó el motor, abrió la puerta y bajó.
Mónica se apresuró a cubrirse de nuevo con el pañuelo, se puso las gafas de sol y, completamente oculta, lo siguió.
—Lázaro, espérame.
Los dos entraron al vestíbulo del hospital, uno tras otro.
Aunque Lázaro estaba herido, caminaba con una postura tan recta como un pino. Sus largas piernas avanzaban rápidamente, subiendo los escalones de tres en tres.
Mónica lo seguía sin aliento.
Había mucha gente en los pasillos, la mayoría soldados con uniformes militares o de camuflaje.
De repente, dos soldados de las fuerzas especiales que salían del baño se toparon con ellos de frente.
Al ver a Lázaro, los dos se cuadraron de inmediato, con los ojos llenos de admiración y respeto.
—¡Capitán Lázaro!
Inmediatamente después, sus miradas se posaron en Mónica, que estaba un poco más atrás.
La mujer estaba cubierta de pies a cabeza. No solo llevaba el pañuelo en la cara, sino también las gafas de sol.
Pero ese abrigo de marca y esa figura esbelta que no podía ocultarse, dejaban claro que no era una persona común.
Sumado al hecho de que podía caminar tan cerca del temido Capitán Lázaro...
Los dos soldados sacaron conclusiones equivocadas instintivamente.
Se miraron y gritaron al unísono hacia Mónica:
—¡Buenas tardes, señora!
Mónica detuvo su paso abruptamente.
Sin embargo, no lo negó. Solo bajó un poco la cabeza, con una actitud tímida que parecía confirmarlo.
Pero Lázaro, que iba adelante, se detuvo, se dio la vuelta y barrió a los dos soldados con sus ojos profundos y fríos.
Su voz no fue fuerte, pero transmitía una presión aterradora.
—No digan tonterías. Solo es una amiga, no es mi esposa.
Los dos soldados se quedaron helados, y el pánico brilló en sus rostros.
—¿Eh? ¡L-lo sentimos, capitán! ¡Nos equivocamos!
—¡Disculpe, señorita!
Asustados, hicieron un saludo militar y salieron corriendo avergonzados.
Cuando los soldados se fueron, Mónica se mordió el labio y miró el perfil frío de Lázaro.
Su voz sonó comprensiva y dulce.
—Lázaro, no pasa nada. Fue sin querer, no sabían cómo son las cosas.
—Mientras no me reconozcan, no me importa por quién me confundan.
Lázaro respondió con frialdad:
—A mí sí me importa.

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