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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1225

Todos en el restaurante miraron hacia ella.

Lázaro se detuvo abruptamente.

Arrugó el entrecejo y sus ojos, que ya lucían sombríos, se volvieron gélidos.

Giró la cabeza para dedicarle una mirada helada a Mariano.

*¿Tú organizaste esto?*, exigían saber sus ojos.

A Mariano le recorrió un escalofrío por la espalda y el sudor frío le empapó la camisa en segundos.

Se apresuró a explicarse en voz baja y muy rápido:

—¡Señor, le aseguro que yo no sabía que la Srta. Mónica estaba aquí!

—Tal vez se enteró de que usted no había almorzado y bajó antes para esperarlo.

¡Él era inocente!

¡Jamás se atrevería a poner a esas dos mujeres juntas en el mismo lugar, y menos en un momento así!

Lázaro no dijo nada.

Su mirada se dirigió rápidamente hacia la mesa que estaba cerca de la ventana. Karina, al escuchar la voz de Mónica, había pausado su movimiento con el tenedor y lo observaba.

Sin embargo, solo fue un instante.

Luego, apartó la mirada con indiferencia y continuó enrollando la pasta de su plato, como si la escena no le importara en absoluto.

Lázaro examinó la mesa de Karina.

Estaban solo ella, Harlene, y ese fastidioso de Santiago.

Los platos sobre la mesa eran muy simples. Era evidente que, debido a la discusión de antes, ella tampoco tenía muchas ganas de comer.

Al pensar en eso, el pecho le dolió a Lázaro.

Mónica seguía aguardándolo en la otra mesa, con una sonrisa ilusionada.

Lázaro sabía perfectamente que, si almorzaba con Mónica en ese momento, Karina jamás en la vida lo perdonaría.

Sin dudarlo, dio unos pasos largos y se dirigió a donde estaba Karina.

La sonrisa de Mónica se congeló.

Vio cómo Lázaro la ignoraba, despreciaba el almuerzo que había pedido especialmente para él, y se iba hacia la otra mujer.

En la mesa de Karina.

Casi de forma automática, al ver que la imponente figura de Lázaro se acercaba, Harlene se levantó rápidamente para ir a sentarse junto a Santiago.

—Este... de ese lado da mucha luz. Mejor me cambio de puesto.

Con mucha prudencia, le cedió el asiento que estaba junto a Karina.

Lázaro, sin pedir permiso, se acomodó a su lado.

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