Lázaro estaba de pie en la cubierta, junto a las escaleras.
El traje de buzo negro se adhería a su musculoso cuerpo, marcando cada línea de su figura explosiva.
Las gotas de agua de mar resbalaban por su mandíbula fuerte y cuadrada, mientras emanaba un aura gélida y letal.
A Karina se le cortó la respiración. Estuvo a punto de lanzarse a sus brazos.
Pero se frenó en seco, a un solo paso de él.
Levantó la vista hacia los profundos ojos del hombre, con la voz ligeramente ronca: —¿Todo resuelto?
Lázaro la miró fijamente, con sus ojos de halcón, y asintió de manera solemne.
Su voz, grave y poderosa, se alzó enseguida: —¡Podemos zarpar!
Esa frase fue como un bálsamo que cayó directo al corazón de Karina.
Sin dudar ni un segundo, se dio la vuelta y ordenó por su auricular, dirigiéndose a todos los presentes:
—¡Seguridad, despejen el área! ¡Enciendan los motores y zarpemos de inmediato!
Ante su orden, los guardias abandonaron rápidamente el pasillo; el oficial de navegación y la tripulación se adentraron en la cabina y comenzaron a trabajar de inmediato.
Karina volvió a mirar a Lázaro y le dijo: —El equipo de vestuario está en la sala de descanso.
Lázaro, sosteniendo sus aletas de buceo, caminó a paso firme hacia el interior.
Karina lo siguió de cerca.
Todos comenzaron a movilizarse, olvidando por completo a la persona que aún estaba tirada en la cubierta.
Mónica, sentada en el suelo, se veía patética. Sus mejillas estaban rojas e hinchadas y su maquillaje impecable se había arruinado.
Miró, incrédula, cómo esas dos figuras se alejaban juntas.
¿Lázaro se iba así sin más? ¿Ni siquiera la iba a mirar?
La había abofeteado delante de todos, haciéndola sangrar por la boca, ¿y él fingía no haber visto nada?
¡Imposible!
Lázaro siempre ponía la lealtad por encima de todo. Si la veía tan maltratada, ¡jamás se quedaría de brazos cruzados!
¡Debió ser por el caos! ¡Seguro no la había visto bien!
Apretando los dientes, Mónica se levantó del suelo, levantó la falda de su vestido y corrió tras ellos.
¡Tenía que hacer que Lázaro viera la verdadera cara de Karina!
—¡Lázaro!
Corrió hasta la entrada de la sala de descanso, justo cuando el guardia de seguridad iba a cerrar la puerta.
Mónica la empujó y su voz llorosa retumbó en el lugar:
—¡Lázaro! ¡Karina aprovechó que no estabas para golpearme!
—¡Si Boris estuviera vivo y me viera así, me defendería!
Sabía que con solo mencionar a Boris, Lázaro sería incondicionalmente complaciente con ella.
Dentro de la sala, el ambiente se sumió en un silencio tenso.

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