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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1227

Karina no volvió a dirigirle la palabra a Lázaro. Solo a veces, cuando sus ojos pasaban por sus manos, se detenía un instante en su sencilla alianza de matrimonio.

Al apartar la mirada, se dio cuenta de que solo había comido la mitad de la pasta. Ya no le pasaba ni un bocado más.

La salsa en verdad estaba picante, así que tomó su vaso por inercia y se bebió todo el agua que le quedaba de un solo trago.

Era el mismo vaso del que Lázaro había bebido.

Lázaro lo vio, y la boca, que había mantenido tensa durante todo el día, se relajó hasta esbozar una diminuta sonrisa.

Karina soltó el vaso, tomó su bolso y se puso de pie.

—Permiso. Ya me voy.

Su tono de voz seguía siendo duro.

Lázaro no se ofendió en absoluto.

Soltó los cubiertos de inmediato, se limpió la boca con la servilleta y se levantó para dejarla salir.

Era un hombre tan alto que su imponente estatura creó una sombra pesada sobre la mesa al instante.

Karina tuvo que levantar la cabeza para poder mirarlo a la cara.

Lázaro bajó la vista hacia ella, deteniéndose unos segundos en sus labios brillantes.

Brillaban por el agua que acababa de tomar y resultaban sumamente provocativos.

Sus ojos se oscurecieron y le recordó con voz grave:

—Tu labial se ha borrado un poco. Acuérdate de retocarlo.

Karina asintió murmurando:

—Mjm.

Luego se dio la vuelta y se encaminó a la salida.

—Harlene, Santiago, nos vamos.

Harlene agarró su bolso rápidamente, se fue tras ella y la tomó del brazo.

Después de dar algunos pasos, la curiosidad le ganó y volteó a mirar a Lázaro de reojo.

Lo que vio la dejó completamente pasmada.

Lázaro se había vuelto a sentar, y con toda naturalidad, acercó el medio plato de pasta que Karina había dejado.

Vació toda la comida restante en su propio plato.

Luego, la mezcló con la pasta que él todavía no se había terminado y comenzó a comérsela de prisa.

Harlene abrió mucho los ojos, y la boca le formó una perfecta letra "O".

No pudo salir de su asombro hasta que estuvieron dentro del ascensor.

Apenas se cerraron las puertas, jaló del brazo de Karina y exclamó en un murmullo ansioso:

—¡Karina! ¡Acabo de ver a tu marido comiéndose la pasta que dejaste!

Karina no mostró mucha sorpresa.

Contestó en tono despreocupado:

—Ah... es que él come mucho.

—¡Oh my God!

Exclamó Harlene de forma dramática, y añadió con emoción:

—¡A lo que voy es que, si se quedó con hambre, pudo haber pedido otro plato!

—¡Pero vació lo que tú habías dejado y se lo comió! ¡Eran las sobras!

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