La mirada de Lázaro se volvió tan aguda como la de un águila, atravesando el parabrisas del carro como si pudiera verlo todo más allá de la oscuridad.
Las luces largas de otro carro, brillando como cuchillos, abrieron una herida feroz en la noche.
Entre las sombras, más de diez personas avanzaban poco a poco hacia ellos, cada una empuñando un tubo metálico que relucía bajo la luz.
El corazón de Karina dio un brinco. Sin pensarlo, buscó su celular.
—Yo… yo voy a llamar a la policía.
—No hace falta —la voz de Lázaro sonó tan firme que el miedo de Karina se tambaleó—. Quédate aquí, no salgas. Asegura las puertas.
No terminó la frase cuando ya abría la puerta y bajaba del carro.
Su silueta, recortada por las luces, parecía la de un dios imperturbable, imposible de mover.
En el instante que Lázaro se plantó fuera, la banda de tipos se le echó encima.
Karina, temblando, marcó al 911. Del otro lado, una voz automática preguntó:
[—Buenas noches, ¿cuál es su emergencia?]
Pero Karina no pudo responder de inmediato. Se quedó boquiabierta.
Lázaro ni siquiera dejó que se acercaran.
Se movía tan rápido que parecía un fantasma. Con un giro ágil, le quitó el tubo al más cercano y, de un golpe seco, lo mandó directo al suelo.
No era una pelea. Era una masacre de un solo lado.
No tuvo ni que moverse mucho. El tubo en sus manos parecía anticipar el movimiento de los otros, y cada vez que lo balanceaba, el golpe caía justo en las articulaciones de los atacantes. El aire se llenó de gritos de dolor y el sonido sordo de huesos torcidos.
Los movimientos de Lázaro eran precisos y salvajes, pero había algo casi elegante en su violencia, como si estuviera ejecutando una coreografía hecha para destruir.
Del otro lado del celular, la policía insistía:
[—¿Señorita? ¿Sigue ahí? ¿Necesita ayuda?]
Karina, viendo cómo Lázaro seguía intacto —ni siquiera se le había despeinado un solo cabello—, volvió en sí de golpe.
—Disculpe, ya no es necesario. Todo está bajo control.
Colgó tan rápido como pudo.
No habían pasado ni dos minutos. El suelo estaba lleno de hombres retorciéndose y soltando quejidos.
La puerta del carro se abrió. Lázaro regresó como si solo hubiera ido a dar una caminata.
Sacó unas toallitas húmedas del compartimiento y, sin apuro, fue limpiando uno a uno sus dedos.
Cuando terminó, bajó la ventana y arrojó la toallita en la cara de uno de los tipos que seguía gimiendo en el suelo.
Solo entonces, como si recién recordara que no estaba solo, se giró hacia Karina.
—¿Te asusté?

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