Karina deseaba taparse los oídos.
A final de cuentas, cuando un hombre probaba el placer, se volvía irreconocible; parecía que nadie podía escapar a esa regla.
En su vida pasada, Valentín también había sido así. Después de casarse, durante mucho tiempo perdió el control, y ella llegó a creer que él solo tenía ojos para ella.
Aun así, ni todas aquellas noches juntas se comparaban con la locura de esa vez con Lázaro.
De hecho, ya ni recordaba si al final se había desmayado por el dolor o... bueno, por el gusto.
Aquel vértigo de sentirse en las nubes, prefería no traerlo a la memoria, pero la verdad es que no podía creer que se rindiera tan fácil ante el empuje de ese hombre.
Karina apretó los dientes en silencio, fingiendo que seguía dormida.
Lázaro, por supuesto, no se tragaba su actuación. Sus ojos se oscurecieron un poco, pero al final no la forzó.
Se levantó, apagó la luz y luego regresó para abrazarla y atraerla hacia sí.
Solo que esa noche, él no pudo pegar el ojo.
Tenerla en brazos y no poder hacer nada más era una verdadera tortura.
Sentía que tenía fuego en todo el cuerpo, y ese calor parecía contagiar a Karina, que tampoco pudo dormir tranquila en toda la noche.
...
Al amanecer, Karina se despertó cuando la luz se coló por la rendija de la cortina.
A su lado ya no estaba Lázaro, pero la sensación abrasadora que había quedado sobre su piel seguía ahí, como si el calor no quisiera marcharse.
Adormilada, fue al baño. Al volver, se topó con una escena que la espabiló de golpe.
Lázaro, de espaldas a ella, retiraba la sábana de la cama en silencio.
Los movimientos eran rápidos, hasta con un dejo de frustración contenida.
Karina se quedó mirando la mancha húmeda y oscura sobre la tela, abriendo los ojos como platos, incapaz de creerlo.
No pudo aguantarse y, mordiéndose los labios, esbozó una sonrisa.
El hombre, al sentir su mirada, se tensó. Apretó la sábana y, sin atreverse a voltear, se apresuró a hacerla bola y meterla en la lavadora con secadora.
En todo momento, su expresión se mantuvo rígida, aunque las orejas se le pusieron sospechosamente rojas.
—Voy a preparar el desayuno —dejó caer las palabras, la voz un poco ronca, como si quisiera escaparse.
Karina, apoyada en el marco de la puerta, lo miró con una sonrisa juguetona.
—No hace falta, abajo acaban de abrir una cafetería. ¿Y si vamos a probar?
—Ajá.
Él respondió con voz profunda, evitó mirarla y se metió directo al baño, cerrando la puerta con más fuerza de lo normal.
Karina fue a la sala y, al fin, no pudo aguantar más; se le escapó una carcajada.
Ese hombre, a veces parecía demasiado inocente, ja ja ja…
...
Lunes. Junta directiva de Grupo Galaxia.
—Lo que quiero decir es que debiste saludar a los miembros del consejo antes de sentarte. No puedes llegar y sentarte así nada más. Yo no tengo problema, pero mejor anda a saludar a tus tíos.
Karina, sin perder la calma, se levantó y fue saludando a cada uno con cortesía, sin dar pie a ningún reproche.
Cuando volvió a sentarse, Gonzalo inmediatamente se le acercó más, bajando aún más la voz, con un dejo de ansiedad.
—Karina, ¿es cierto que… Grupo Juárez ya no piensa adquirir Grupo Galaxia?
Ahora entendía de dónde venía esa falsa calidez de su padre.
Se giró y le contestó:
—Tal vez Grupo Juárez… ya no quiere meterle mano a un grupo que lleva años en picada.
La cara de Gonzalo se puso tan negra como el fondo de una olla.
Todos sabían que Grupo Galaxia empezó a irse al fondo cuando él tomó el mando.
Uno de los directivos, que había escuchado, se inclinó y preguntó:
—Karina, ¿de verdad Grupo Juárez ya no va a comprar?
Ella respondió tranquila:
—En cuanto empecemos la reunión, lo anunciaré.
Gonzalo quiso seguir insistiendo, pero Karina ya no estaba para perder tiempo.
—Hugo, reparte los documentos.

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