La reunión comenzó.
La voz de Karina resonó en todo el salón, clara y sin titubeos, como un rayo que cortaba el aire y dejaba a todos en silencio absoluto.
—Primero. El Grupo Juárez renuncia de manera oficial a la adquisición del Grupo Galaxia. El Grupo Galaxia seguirá operando conforme al plan original.
—Segundo. Durante la gestión del director Gonzalo, el desempeño del grupo ha venido cayendo año tras año. Yo, aunque tengo la mayoría de las acciones, reconozco que me falta experiencia. Por eso, propongo que adoptemos un sistema de presidencia rotativa.
La propuesta fue respaldada sin objeción alguna, aprobada con el voto de todos los presentes.
Karina barrió con la mirada a Gonzalo, que tenía el semblante tan pálido como una hoja de papel, y lanzó la última estocada.
—Tercero. Se va a reestructurar el Grupo Galaxia. Aquí no hay lugar para los que no aportan nada, desde los directores hasta el personal de limpieza. Quien no demuestre resultados, se va.
El rostro de Gonzalo se descompuso por completo; la sangre se le esfumó del cuerpo, y los labios le temblaban con fuerza.
Con la segunda propuesta, le había quitado el control sobre el personal.
Con la tercera, le cortaba el sustento a todos sus aliados.
Eso no era solo una estrategia de tres pasos, sino tres cuchilladas certeras, cada una directa a su punto débil.
Algunos de los viejos miembros del consejo, que hasta hace un momento la miraban con recelo, intercambiaron miradas de asombro y hasta de admiración.
¿Quién decía que la hija de los Leyva era una consentida sin cerebro, que solo se apoyaba en el apellido familiar?
Esas decisiones tajantes, la lógica impecable y ese temple de acero… superaban por mucho a varios de los egresados de universidades de renombre sentados en esa mesa.
La reunión terminó en un ambiente extraño pero pacífico. Las tres propuestas de Karina fueron aprobadas por unanimidad.
Ella guardó sus papeles, sin mirar ni una sola vez a su padre, que parecía una estatua de mármol, y se retiró sin decir palabra.
...
—¡Karina!
Tal como lo esperaba, Gonzalo fue tras ella, ahora con su clásico disfraz de padre cariñoso.
—Karina, ¿no querías regresar a la casa? Le voy a pedir a Fátima y a su hija que se muden. No voy a venderla, ¿te parece bien?
Karina no frenó el paso; solo curvó los labios en una sonrisa burlona.
—Ya te llegó la notificación del juzgado, ¿verdad?
La expresión de Gonzalo se congeló, pero enseguida se le dibujó otra sonrisa forzada.
—¿Qué cosas dices, hija? Aunque no hubiera llegado nada, yo jamás vendería la casa. Lo he pensado bien, es mejor que estemos juntos como familia. ¿Por qué no vamos al hospital a ver a tu madre?
Karina al fin se detuvo y volteó. El desprecio le brotaba de los ojos.
—Te doy una semana. Quiero la casa exactamente como estaba antes de que mi mamá se fuera. Cada prenda, cada joya, cada botella de crema… todo en su sitio.
—Si no lo haces —lo miró sin pestañear, la voz tan cortante como el filo de un cuchillo—, olvídate de ese puesto de presidente rotativo.
Sin darle más importancia, se marchó.
Gonzalo se quedó ahí, temblando de rabia, con las manos hechas puños.
...



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