—Huff... huff...
El viento y la lluvia irrumpieron en el carro, trayendo consigo su aliento agitado y ardiente.
Karina nunca lo había visto tan acelerado, salvo en esos momentos íntimos que prefería guardar en secreto.
—¿Todavía te duele? —su voz sonaba tensa, casi al borde de romperse.
Karina negó con fuerza, sintiendo que las lágrimas estaban a punto de escaparse. De pronto, solo quería abrazarlo.
Pero apenas estiró la mano, él la detuvo.
—Está lloviendo fuerte afuera —dijo con voz grave—. Pásate al asiento de adelante.
Ella obedeció sin protestar, trepando hacia el asiento del copiloto con torpeza.
Lázaro se sentó en la parte del conductor y, sin dudarlo, se quitó la camiseta negra empapada.
Su torso, firme y bien definido, quedó expuesto en el interior oscuro del carro. Cada músculo dibujaba fuerza y energía, y su presencia impregnaba de inmediato el pequeño espacio.
Torció la camiseta para escurrir el agua y la usó para secarse la cara y el cabello, de manera ruda y desordenada.
—De ahora en adelante, yo me encargo de vigilar que comas las tres comidas, no quiero que vuelvas a olvidarlo.
Karina lo miró, sorbiendo por la nariz para contener las ganas de llorar.
—No tenías que haberte subido; hoy hace frío y te mojaste por mi culpa.
Lázaro la miró de reojo, su voz profunda y áspera.
—Si no venía, ¿ibas a quedarte aquí, bloqueando los carros de atrás?
Observó de arriba abajo el delgado vestido que ella llevaba y frunció el entrecejo.
—Sabías que hoy iba a hacer frío, y aun así te pusiste tan poca ropa. Si te resfrías, no pienso cuidarte.
Aunque sus palabras sonaban duras, de inmediato subió la calefacción al máximo.
El aire cálido llenó el carro, mezclándose con el aroma húmedo a lluvia y la presencia inquietante de Lázaro.
Karina sintió un calor en el pecho y, sin pensarlo mucho, tomó su mano fría que descansaba sobre la palanca de cambios.
No dijo nada, solo se concentró en frotarle la mano con sus propias manos, tratando de darle algo de calor.
El cuerpo de Lázaro se tensó de golpe, pero enseguida atrapó la mano pequeña de Karina entre las suyas, envolviéndola por completo.
Con una mano manejaba el volante, avanzando a paso de tortuga tras la fila de carros, y con la otra seguía aferrado a ella, como si no quisiera soltarla nunca.
Karina, recostada en el asiento del acompañante, sentía el calor de su palma extenderse por todo su cuerpo. El estómago, que antes le dolía, ahora se sentía reconfortado; el corazón, tranquilo.
Por primera vez en mucho tiempo, se sintió segura. Como si, mientras ese hombre estuviera a su lado, nada malo pudiera sucederle, ni siquiera si el mundo se le viniera encima.
...
Antes de darse cuenta, el sueño la venció.
...
No supo cuánto tiempo pasó, pero Karina sintió que alguien le tocaba la frente suavemente.
Lázaro había terminado de revisar unos documentos urgentes en el estudio y, al entrar a la recámara, notó algo extraño.
Colocó una mano sobre la frente de Karina y sintió el calor abrasador de la fiebre.
Frunció el ceño, preocupado, y corrió al baño a mojar una toalla con agua tibia.
Regresó, se sentó junto a la cama y empezó a limpiar con cuidado su frente, el cuello y las manos sudorosas.
En su sueño, Karina parecía sentirse mejor; inconscientemente se acercó a la mano de Lázaro, como un gatito buscando consuelo.
El corazón de Lázaro se agitó.
Dudó un momento, pero finalmente levantó la sábana y dejó al descubierto las piernas delgadas y pálidas de Karina.
Al pasar la toalla tibia por su piel suave, desde el tobillo hacia arriba, tragó saliva y desvió la mirada, luchando por mantener el control.
—Carajo.
—Esto sí que es una tortura.

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