Cuando Karina volvió a abrir los ojos, el día ya estaba completamente iluminado y la fiebre había cedido.
Sin embargo, había dormido tan profundamente que, al despertar, la cabeza le daba vueltas, como si tuviera una bola de algodón húmedo atascada entre las sienes.
Ella no tenía idea de que un hombre había pasado casi toda la noche en vela, bajando su temperatura con toallas húmedas y cuidándola en silencio.
Salió de la recámara y de inmediato vio la silueta alta de un hombre en la cocina.
Él llevaba puesto un delantal, concentrado en revolver la olla con avena caliente.
La luz de la mañana se colaba por la ventana y envolvía su figura en un halo dorado y suave, haciéndolo ver casi irreal.
Karina se apoyó en la mesa, con la barbilla sobre una mano, y se quedó observándolo en silencio durante un buen rato.
No fue hasta que él le puso enfrente un tazón de avena tibia que ella reaccionó.
De pronto, sus ojos se curvaron en una sonrisa y sus hoyuelos se asomaron.
—Te ves bien usando delantal, ¿sabías?
Él se limpió las manos, se inclinó cerca de ella y, con una voz profunda y cálida, soltó:
—¿Te gusta? Si quieres, hoy en la noche me lo pongo para hacer ejercicio contigo.
—¡Pff...! —tosió, casi escupiendo la avena que acababa de probar.
Sintió cómo sus mejillas ardían, mientras el calor le subía por el cuello.
Por suerte, en ese momento el celular empezó a vibrar con fuerza, rompiendo la atmósfera tan intensa que se había formado.
Era una llamada de Jimena.
Karina contestó sin pensarlo.
—¡Señorita, la señora ya despertó! ¡Por fin despertó!
Los ojos de Karina se llenaron de lágrimas de alegría. De un salto, se puso de pie.
—¡Voy para allá ahora mismo!
Pero una mano grande la detuvo, empujándola suavemente de regreso a la silla.
La voz de Lázaro le sonó muy cerca:
—Termina la avena, cómete estas dos empanadas y tómate tu medicina.
Karina levantó la mirada y se encontró con esos ojos negros, profundos e intimidantes. Al final, obedeció y empezó a comer sin protestar.
...
Cuando llegó al hospital, notó que el Sr. Yago, quien siempre estaba afuera de la habitación a esa hora, no se encontraba.
Su madre ya había sido trasladada a una habitación privada VIP.
Empujó la puerta y, para su sorpresa, vio a Valentín y Fátima sentados junto a la cama.
Una rabia tremenda le subió hasta la cabeza, nublándole el juicio.
—¿Quién los dejó entrar? ¡Lárguense de aquí!
El rostro de Valentín se tensó al instante.
—Kari...
Desde la cama, la voz débil de su madre interrumpió el momento:
—Kari...
La furia de Karina se apagó al instante, reemplazada por el dolor y el alivio. Corrió hasta la cama y tomó la mano de su madre con fuerza.
—Esto no se queda así.
Dicho eso, salió de la habitación a zancadas.
Yolanda miró entre su hija y Lázaro, y en sus ojos asomó un dejo de satisfacción.
Tomó la mano de Karina y, con voz débil y llena de cariño, murmuró:
—Karina, no te preocupes por mí. Estoy bien. Pero mírate, hasta la cara se te ve más delgada.
Karina negó con la cabeza y le devolvió el apretón.
—Mamá, tranquila. A los que te lastimaron, no pienso perdonarlos.
Aunque todavía no había descubierto quién empujó a su madre por las escaleras, ya tenía suficiente información.
Cuando lograra dejar a su padre fuera de juego, llegaría el momento de ajustar cuentas.
Pero Yolanda, adivinando lo que pasaba por su mente, la miró con preocupación.
—Cuídate mucho, hija. Si algo te pasa, yo...
Karina no la dejó terminar, para que no se alterara. Empezó a contarle buenas noticias de la empresa, solo para que se sintiera tranquila y pudiera recuperarse pronto.
No platicaron mucho antes de que Yolanda, agotada, volviera a quedarse dormida.
Karina se quedó a su lado, sin moverse ni un centímetro.
...
Al llegar el mediodía, Lázaro, preocupado de que Karina no hubiera comido, le avisó que saldría a comprar comida.
Apenas presionó el botón del elevador y se abrieron las puertas, se topó de frente con Valentín adentro.

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