Fátima se quedó pasmada por un instante, pero enseguida soltó una risa áspera, cargada de veneno.
—¿Por fin te diste cuenta? Yo pensaba que esos ojos tuyos solo veían a Valentín y nada más.
—Pero qué pena, ahora esto es mío. Y no solo eso, Valentín me lo regaló con sus propias manos.
Karina apretó los puños a su costado, conteniendo la rabia.
Aunque ya lo había sospechado, escuchar la verdad la hizo sentir una punzada de desolación tan fría como la madrugada. Ella siempre creyó que Valentín había cambiado después del accidente de su madre, que solo en ese momento él le había dado la espalda.
Pero la verdad era mucho más cruel… Valentín y Fátima se traicionaban a sus espaldas desde mucho antes.
El enojo y el resentimiento le quemaron hasta el último rincón de la razón.
—¡Paf!
Karina, temblando de coraje, levantó la mano y le soltó una bofetada con toda la fuerza a Fátima.
—¿Y te atreves a presumir algo que ni es tuyo? Fátima, igual que tu mamá, traes la maña de robar tatuada hasta los huesos.
Fátima, con la cara ardiendo, se cubrió con la única mano que le funcionaba. Sus ojos destilaban una mezcla de emoción retorcida y odio.
—¡Sin tus cosas igual me hubiera ganado el premio! Solo quería que supieras que Valentín haría cualquier cosa por mí. ¡Cualquier cosa, traicionar a quien sea!
—Bastó que le dijera que no tenía inspiración, y de inmediato me entregó todos tus discos duros.
—Hace mucho que se volvió loco por mí, Karina. Eres tú la que vive engañada, pensando que te ama.
—¡Tú…!
Karina, fuera de sí, alzó la mano de nuevo.
Pero justo cuando estaba por soltar la segunda bofetada, Fátima desvió la mirada por encima del hombro de Karina, como si mirara detrás de ella.
En ese instante, como si una fuerza invisible la empujara, Fátima cayó estrepitosamente al suelo.
Alzó la cara, el llanto brotándole sin freno, su voz impregnada de una suplica lastimera.
—Karina, sé que me odias… Yo acepto que me pegues y me insultes, me lo merezco…
—Pero… ¿puedes dejar de hablar mal de Valentín? Todo esto es culpa mía…
Karina no alcanzó ni a reaccionar cuando sintió una ráfaga de viento a su espalda.

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