Karina ya no tenía paciencia para escuchar más tonterías, así que se dio la vuelta y se dispuso a marcharse.
—Vaya, pero si es Karina —soltó una voz a sus espaldas—. Dicen que hiciste de todo por convertirte en alumna del profesor Víctor, pero ni siquiera lograste que te recibiera, ¿verdad?
Al instante, otra persona se sumó a las burlas.
—A mí me parece que el profesor Víctor publicó ese anuncio precisamente porque ya estaba harto de ti, quiso que entendieras que no tienes ninguna oportunidad.
—Si de verdad quieres ser su aprendiz, tendrás que esforzarte mucho más y ganar el premio mayor, ¿eh?
Las carcajadas no se hicieron esperar.
A ojos de todos, ella, una simple graduada de universidad común, jamás podría compararse con la consentida del destino que había regresado de estudiar en el MIT.
Karina, sin embargo, se detuvo de golpe y giró sobre sus talones.
Su mirada atravesó los rostros llenos de malicia hasta posarse directamente sobre Fátima, quien estaba rodeada por el grupo.
Karina sonrió.
—No se preocupen, yo sí voy a esforzarme.
Por un momento, la sonrisa de Fátima vaciló.
Se quedó mirando a Karina. Aquellos ojos, normalmente tan serenos y distantes, ahora parecían dos cuchillas afiladas, lanzando una advertencia silenciosa.
Nadie más notó la intensidad de ese cruce de miradas.
Solo Fátima comprendió lo que estaba ocurriendo.
Karina acababa de declararle la guerra.
Por esa tecnología que Fátima le había robado y que la había llevado hasta la cima.
Fátima, incómoda ante esa mirada, apretó levemente los dedos, aunque en su rostro seguía luciendo la compostura y el orgullo de toda una profesional de éxito internacional.
Alzó la cabeza y adoptó un tono suave:
—Entonces échale ganas. Ya no falta mucho para la competencia. Si necesitas ayuda en algo, puedes buscarme cuando quieras.
Karina curvó los labios en una mueca desdeñosa, no respondió nada y se marchó sin mirar atrás.
Detrás de ella, las voces mordaces continuaron:
—Ay, ¿y ahora qué se cree esta?...
—Si ni siquiera la quiere el señor Valentín...
Aquellas voces le resultaban tan familiares.
Hace apenas unos meses, esas mismas chicas la abrazaban y le juraban que serían amigas para toda la vida.
Pero, igual que Valentín, no tardaron en pisotearla con tal de quedar bien con Fátima.
Karina no pensaba perder el tiempo con esa gente que cambiaba de bando según soplaba el viento.
Fue directo a la habitación de hospital donde estaba su madre.

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