En los últimos días, Lázaro solía pasar cada tarde por el hospital, acompañando a Karina y también platicando un rato con la paciente. Se había vuelto una presencia constante, casi tan habitual como la brisa que entraba por la ventana.
Pero hoy, para sorpresa de todos, no apareció. Yolanda, la madre de Karina, pensó de inmediato que quizá su hija había tenido algún pleito con el muchacho, así que no pudo evitar preguntar:
—¿No se pelearon ustedes, verdad?
Karina tomó su celular y echó un vistazo. Por la tarde, como de costumbre, había ido a correr al parque y le mandó a Lázaro una foto en la que se veía sudando a mares. Pero no hubo respuesta de su parte. Ningún mensaje. Nada.
Intentó tranquilizarse y respondió en voz baja:
—Quizá está ocupado ayudando en algún desastre.
Yolanda tomó su mano con cariño.
—Lázaro es un buen muchacho. Te trata bien, hija, así que tú también deberías tratarlo bien. No vayan a pelear.
Karina soltó un suspiro de frustración.
—Mamá, no hemos peleado. Te lo juro, él está ocupado.
—Bueno, entonces mañana te vas con él al departamento. Aquí tengo a la señora de la limpieza y a la enfermera, no te preocupes.
—Eso no —replicó Karina, sin pensarlo dos veces y con el tono firme—. Ahora que estoy en recuperación, no puedo dejarte sola.
Además, después de haber roto definitivamente con su papá, Karina sabía que, si se iba, ese hombre y los parientes de su lado volverían a buscar a su mamá para molestarla. Últimamente, habían mandado gente para tantear el terreno, pero los guardaespaldas de Karina los habían ahuyentado.
Si su madre sufría aunque fuera un poco, ella jamás se lo perdonaría. Por eso, debía quedarse hasta que Yolanda saliera del hospital.
Yolanda suspiró, le acarició la mano en silencio y no insistió más.
...
Al día siguiente, Lázaro seguía sin responderle.
Un latido de inquietud le apretó el pecho a Karina. Algo no estaba bien.
Antes, cuando él no contestaba, era porque andaba de malas o se hacía del rogar, pero esta vez era distinto. La noche anterior, todo había estado bien entre ellos. De hecho, hacía apenas dos noches, él la había acorralado en el pasillo de emergencias y la besó con tanta intensidad que casi terminan en un hotel.
Se estremeció al recordar ese momento. Tomó su celular y se fue al balcón, donde marcó el número de Lázaro. Del otro lado, contestó solo una voz robótica:
[El número que usted marcó está apagado.]
El corazón se le encogió. Marcó a Mario, compañero de Lázaro. Nadie contestó.
Un mal presentimiento la invadió, como una sombra que no se quita. Recordó lo que pasó el mes pasado, cuando una bola de tipos había intentado acorralar a Lázaro. ¿Sería que Valentín estaba otra vez detrás de él? ¿O acaso su padre y los familiares, al no poder meterse con ella y su mamá, habían decidido atacar a Lázaro?
Y si era Sabrina Barrios, que llevaba años haciendo vida en el extranjero y ahora tenía conexiones y poder... ¿Querría vengar a Fátima y hacerle algo a Lázaro?
Cuanto más lo pensaba, más nerviosa se ponía.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador