Ser sujetada a la fuerza por dos guardias enormes casi hace que la tía se hiciera encima del susto.
Helena, en cambio, reaccionó mucho más rápido que su madre.
—¡Soy paciente! ¡Vine a consulta! ¿Con qué derecho nos detienen? ¡Voy a denunciarlos! —gritó, aguda y desafiante.
Uno de los guardias, dudoso, revisó sus datos. Por el radio, desde la recepción confirmaron de inmediato:
[Hay una paciente registrada, Helena, veintiséis años, sí vino acompañada de su madre.]
Este hospital privado funcionaba bajo un sistema exclusivo para socios: al inscribirse, los pacientes debían depositar, sin derecho a reembolso, una garantía médica de al menos cincuenta mil pesos.
Por eso, quienes acudían a consultas aquí no eran personas comunes; todos, o tenían dinero, o tenían poder.
Así que los guardias soltaron a ambas de inmediato.
Tan pronto quedaron libres, madre e hija salieron disparadas, casi estampándose contra las puertas, desesperadas por huir. Karina, que seguía hirviendo de coraje, los ojos encendidos como brasas, sintió cómo la rabia le quemaba por dentro.
No solo lidiaba con la incertidumbre de Lázaro, cuyo destino seguía siendo un misterio; ahora, estas dos la habían sacado de quicio.
Sin pensar, se lanzó tras ellas.
Cruzó el pasillo, salió por la entrada principal, y cuando ya estaba a punto de pedir ayuda por el celular, dos tipos salieron de la nada, uno a cada lado, le sujetaron los brazos y la arrastraron hasta un rincón junto al muro.
Helena y la tía ya no huían. Se apoyaban en la pared, respirando agitadas, con la mirada llena de odio, clavada en Karina.
La tía, recuperando el aliento, le escupió:
—¡Maldita mocosa! ¿Así que sí aguantas la carrera? ¡Me tienes harta, mocosa!
Levantó la mano, dispuesta a soltarle una cachetada.
Pero Karina, con la mirada afilada como navaja, no esperó a que el golpe cayera. De inmediato, le soltó una patada justo en el estómago.
—¡Ah! —chilló la tía, retrocediendo varios pasos hasta terminar tirada en el suelo.
Karina forcejeaba y gritaba:
—¡Suéltenme! ¡Si se atreven a tocarme, les juro que no salen del penal!
Pero los hombres apretaron más fuerte, la forzaron a inclinarse, medio arrodillada en el piso.
Uno se burló con voz áspera:
—¿Todavía te crees muy valiente ahora que te tenemos aquí, eh?

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