La razón por la que supieron esa noticia fue porque Raquel se los contó.
Cuando Raquel lo anunció en el grupo familiar, usó unas palabras tan rimbombantes como “¡Una alegría que se debe celebrar en todo el mundo!”.
La cosa es que, últimamente, a Raquel le había ido peor que a todas.
Nadie sabía cómo, pero había logrado enfurecer al señor Boris. Su esposo, un junior adinerado, para congraciarse con el señor Boris, no solo la dejó, sino que además la entregó como si fuera mercancía a un tipo con gustos muy retorcidos.
Raquel perdió la cabeza.
Todos los días iba a la estación de bomberos para esperar a Lázaro, incluso llegó a seguirlo hasta Valle Sereno.
Cuando se escucharon los disparos dentro del lugar, ella fue de las primeras en presenciar la escena.
Al enterarse de que había muertos, enseguida salió a decirle a todo el mundo que el fallecido era Lázaro, el jefe de la Estación de Bomberos de Puerto Escondido.
Karina no tenía idea de nada de esto.
Al escuchar incluso a Helena decir que Lázaro había muerto, se quedó en silencio.
Por un momento, hasta dudó de lo que había visto.
¿Y si el que iba en ese Bentley no era Lázaro…?
Sintió que el corazón se le apretaba como si una mano invisible lo estrujara, haciéndole imposible respirar.
Todo era por su culpa.
Si ella no hubiera aceptado casarse tan rápido, ¿cómo habría terminado Lázaro en la mira de Sabrina y Valentín?
¿O enredado con esa banda de criminales?
¡Tenía que vengarse!
Ese pensamiento creció dentro de ella como hierba mala, arrasando con cualquier rastro de razón.
Karina, de repente, desató una fuerza impresionante y empezó a forcejear con fiereza.
—¡Carajo! ¡Qué brava salió esta! ¡Ya no la podemos controlar!
Los dos tipos que la sujetaban apenas podían con ella; les dolían los brazos de tanto esfuerzo.
Helena, al escuchar el alboroto, se giró y gritó nerviosa:
—¡Alguien viene! ¡Rápido, déjenla inconsciente!
Karina seguía luchando cuando de pronto sintió un golpe brutal en la parte trasera de la cabeza.
Todo se volvió oscuro.
El cuerpo se le aflojó; cayó desmadejada.
En el último instante, antes de perder el sentido, juraría haber visto una silueta alta y fuerte corriendo hacia ella.
No estaba equivocada.
Lázaro había llegado.
Cuando su rostro duro y tenso, con una mirada que cortaba el aire, apareció ante todos, los presentes se quedaron petrificados, como si hubieran visto un fantasma.
—¿Tú… tú no estabas muerto?
Lázaro no les contestó. Se acercó y de una patada mandó a volar a uno de los hombres que tenía junto a Karina.
Al otro ni tiempo de reaccionar le dio: lo tomó del cuello y lo arrojó aparte como si fuera un trapo viejo.
Con un movimiento ágil, atrapó a Karina justo antes de que cayera y la apretó fuertemente en sus brazos.
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