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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 242

Yolanda asintió con lágrimas en los ojos, levantó la mano y acarició con ternura la suave mejilla de su hija.

—Cuando elegimos bien a la persona, nosotras, las mujeres, somos como flores que se abren buscando el sol. Kari, hoy tú eres una flor que se abre hacia la luz.

Karina se quedó pasmada por un instante.

Su madre continuó, con la voz impregnada de esa calidez que solo una madre puede dar:

—Desde pequeña, siempre estuviste a mi lado. Cuando te enamoras de alguien, te entregas por completo, pierdes la cabeza y terminas atrapada en ese sentimiento, marchitándote de a poco.

—Si nadie nos da el amor, el apoyo que necesitamos, podemos perderlo todo —la mirada de Yolanda se perdió en la ventana oscura, como si pudiera ver a través de ella los años de su propia vida, entendiendo por fin sus derrotas.

—Cuando me casé con tu padre, fui yo quien me puse las cadenas. Él nunca me dio el alimento que necesitaba… así que terminé perdiéndolo todo.

Recuperó la mirada y la clavó en Karina, con una intensidad que parecía quemar.

—Kari, no cometas mi error.

—Ve y persigue tu propio sol. Yo estaré siempre detrás de ti, apoyándote pase lo que pase.

Hizo una pausa, y una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Aunque tengo una corazonada… Ese esposo tuyo también va a estar ahí, no va a dejar que te caigas.

Karina no respondió. El silencio pesó en el aire.

Recordó los siete años de su vida pasada, su matrimonio con Valentín… ¿No fue acaso una flor encerrada en la sombra, marchitándose poco a poco?

No hubo alimento, ni luz, y al final lo perdió todo.

Si no hubiera tenido la oportunidad de volver a empezar, ¿habría terminado igual que su madre? ¿Dándose cuenta solo hasta la mitad de su vida que eligió mal? O peor aún, ¿habría quedado atrapada en la mentira hasta morir por dentro?

A fin de cuentas, la vida le estaba dando una segunda oportunidad.

Karina apretó la mano de su madre, su voz temblaba pero se sentía más fuerte que nunca.

—Mamá, quédate tranquila. Voy a hacer mi vida con Lázaro, de verdad.

—Y también voy a perseguir mi propio sol, no lo voy a dejar ir.

...

Al salir de la habitación, Karina no fue directo al cuarto de al lado. Se apoyó un buen rato en la pared del pasillo, perdida en sus pensamientos.

Siempre supo que era de esas personas que se entregan al amor sin límites.

Desde niña lo entendía. Si se enamoraba, podía darlo todo, incluso la vida.

Así fue con Valentín.

Pero… ¿y ahora, con Lázaro?

Sentía que esa pasión desenfrenada ya no volvería nunca.

La herida seguía latente, demasiado fresca.

A los ojos de los demás —su madre, la gente— esta decisión impulsiva de casarse parecía perfecta, Lázaro parecía el hombre ideal.

Pero solo Karina sabía la verdad: no podía entregarse del todo a él.

Podía compartir la vida, las comidas, la cama, cumplir con su papel de esposa, incluso complacerlo si hacía falta.

Pero el corazón, destrozado y lleno de cicatrices, no podía dárselo a nadie.

No soportaría una traición más.

Ese dolor… la acabaría.

En ese trance, una sombra se proyectó sobre ella.

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