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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 254

Lázaro no pidió bolsa, simplemente tomó lo que traía y se fue caminando de regreso.

El ascensor sonó con un —ding— y las puertas se abrieron.

Estaba a punto de dar un paso dentro cuando vio a su hermano, Francisco, sentado en una silla de ruedas, empujado por el asistente.

Francisco lo miró y le regaló una sonrisa amable, aunque en sus ojos asomaba un dejo de burla.

—¿Dormiste bien anoche? ¿Ya pensaste cómo vas a agradecerme?

Lázaro le echó una mirada rápida, los labios apretados formando una línea cortante que no invitaba a hablar. No contestó ni una palabra, entró directo al ascensor.

Las puertas se cerraron despacio.

Francisco se quedó mirando la puerta cerrada, y resignado, negó con la cabeza frente a su asistente.

—¿Ves? Este muchacho, no agradece nada.

El asistente dudó un momento, bajó la voz y se acercó.

—Señor Francisco, hace rato vi que el señor Lázaro llevaba en la mano… parecían toallas femeninas.

La sonrisa de Francisco se congeló por un instante.

¿Toallas femeninas?

Cayó en cuenta de inmediato y el gesto amable se transformó en una arruga en el entrecejo.

—¿Tan mala suerte?

Ahora entendía por qué Lázaro tenía esa cara como si le debieran millones.

Pero entonces…

La expresión tensa de Francisco se fue suavizando poco a poco, y se le formó una media sonrisa en los labios.

Eso solo podía significar que la mujer estaba sana, perfectamente capaz de darle un heredero a la familia Juárez.

Sintió una tranquilidad inesperada y le ordenó con voz calmada a su asistente:

—Vámonos, directo a Grupo Juárez.

...

Karina salió del baño ya cambiada con ropa limpia.

En la habitación, la sábana manchada de sangre había sido arrancada de la cama, hecha bola y aventada al cesto de ropa sucia en la esquina.

Karina se sintió incómoda por un momento.

—Oye, voy a hablar con el gerente para ver cuánto tengo que pagar por la sábana…

Lázaro la interrumpió:

Karina evitó mirarlo, solo quería pasar de largo.

Pero justo cuando iba a cruzarse con él, Valentín, aguantando el dolor en las costillas, dio un paso brusco y le atrapó la muñeca.

—¿Te enamoraste de él, verdad?

La voz le salía ronca, con un tono herido y acusador.

Karina intentó zafarse, pero él la sujetó aún más fuerte.

Entonces alzó la mirada y, con una media sonrisa desdeñosa, le contestó:

—Sí, lo amo, lo amo mucho. ¡Suéltame!

Los ojos de Valentín se inyectaron de rojo. La miraba fijo, terco, como si no pudiera aceptar lo que escuchaba.

—¡No te creo! ¡Tú me amabas a mí! ¡No puedes amar a otro!

—¡Valentín! ¿Hasta cuándo te vas a creer el centro del mundo?

—Tú pudiste enamorarte de Fátima, ¿por qué yo no podría amar a alguien más?

Karina hizo una pausa, y dejó que el resentimiento se reflejara en su mirada.

—Además… desde el momento en que descubrí que escondías fotos de Fátima, lo único que me queda por ti es odio.

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