La espalda de Karina estaba pegada con fuerza al ventanal, y bajo sus pies se desplegaba el impresionante paisaje del río a gran altura, tan majestuoso que le quitaba el aliento.
Los besos de Lázaro se volvieron cada vez más atrevidos, recorriendo sus labios, bajando por su mandíbula y deslizándose por su largo cuello, dejando tras de sí una estela de marcas cálidas y húmedas.
Parecía un animal salvaje, uno que nunca se saciaba, bebiendo de su aliento con una avidez insaciable.
—Vamos al dormitorio —murmuró él de repente, apoyando su frente contra la de ella, su respiración entrecortada y ardiente.
Karina se aferró a él, temblando y con la voz hecha un suspiro.
—No... mejor no, hay gente afuera...
El ceño de Lázaro se arrugó por un instante, pero antes de que pudiera decir algo más, volvió a besarla.
Una de sus manos la sostenía con firmeza, mientras la otra, inquieta, se deslizó bajo su ropa con la destreza de alguien que ya sabía exactamente qué hacer, encontrando su objetivo sin titubeos.
Karina sintió cómo el calor familiar le recorría todo el cuerpo, y hasta lágrimas se asomaron en la comisura de sus ojos, fruto del torbellino de sensaciones.
A duras penas, echó la cabeza hacia atrás, jadeando entre palabras.
—Sí... vamos al dormitorio...
Pero apenas terminó de decirlo, el celular de Lázaro sonó en el momento menos oportuno.
Karina se apuró a abrazarlo más fuerte.
—Contesta, por si acaso es algo urgente.
Lázaro frunció el entrecejo, claramente molesto con la interrupción. Sin embargo, no la soltó; con una mano la sostuvo sin titubear y con la otra sacó el celular del bolsillo.
Karina, casi sin pensarlo, echó un vistazo a la pantalla.
En la pantalla solo aparecía: “3”.
Se le hizo extraño. ¿Por qué Lázaro guardaría a alguien solo con un número?
Antes de que pudiera preguntarse más, él se apartó de repente.
Karina apoyó los pies en el piso, aunque aún sentía las piernas tan flojas que necesitó de su brazo para no caerse.
—Voy a contestar, regreso enseguida.
La voz de Lázaro todavía arrastraba el deseo de hace unos segundos, tan áspera que le hizo vibrar el corazón.
Dicho esto, se dio la vuelta, corrió la cortina y salió del cuarto.
Karina quedó recargada en el ventanal, respirando agitadamente, con las mejillas aún encendidas por el calor de hace un momento.
Al girar la cabeza, la vista del río, inmensa y sin límites, atrapó su atención de inmediato.
Desde no muy lejos, alcanzó a oír la voz de Lázaro, baja y apurada:
—Ya estoy llegando.
...



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