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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 365

Karina sintió una punzada de duda cruzar por su mente.

¿No se suponía que Fátima y su madre siempre habían sido uña y mugre, tan coordinadas que parecían leerse el pensamiento? ¿Cómo era posible que ahora estuvieran peleando?

Sin embargo, ese pensamiento apenas le rozó la cabeza antes de desvanecerse.

Ahora, cada vez que escuchaba los nombres de esas dos personas, solo sentía un asco visceral, una repulsión que se le revolvía en el estómago, mezclada con una rabia que no podía contener por más que lo intentara.

No preguntó nada más, bajó la mirada y se sumergió de nuevo en su libro.

...

Mientras tanto, en la habitación de al lado.

Sabrina miraba a su hija con una furia desbordada, como si cada palabra que iba a decir pesara toneladas.

Mordiéndose el enojo, soltó cada frase con dureza:

—¡Olvídate de Valentín! Ahora que Tomás te está buscando, tienes que aprovechar esa oportunidad, ¿me oíste?

Fátima, con los ojos rojos de tanto llorar, respondió entre sollozos, llena de impotencia:

—¿Por qué? ¿Por qué no puedo estar con Valentín? Yo lo amo, ¡quiero casarme con él!

—¡Ya te lo he dicho mil veces! ¡No puedes enamorarte de un hombre de verdad! ¿Es que no entiendes nada de lo que te digo?

Sabrina aventó el celular contra la mesita de noche, marcando el límite.

—Ahora mismo vas a llamarle a Tomás. Si arruinas mis planes, te saco del país y no vuelves nunca más, ¿entendiste?

Solo de pensar en lo que su madre era capaz de hacer, Fátima no pudo evitar un escalofrío.

Dudó unos segundos, pero al final, bajó la cabeza en señal de derrota:

—Lo llamo… pero quiero salir de aquí. No quiero seguir en este lugar horrible.

Sabrina asintió sin dudar.

—Está bien.

De pronto, cambió el tono, volviéndose casi dulce:

—Fati, todo esto lo hago por ti. Cuando estés en la cima, vas a poder elegir al hombre que quieras. Los sentimientos no valen nada, lo que importa es el poder y el dinero. Eso es lo único que te puede acompañar siempre.

Fátima sabía que su madre tenía razón, si no, ¿cómo habría pasado de no tener nada a convertirse en una figura tan poderosa dentro y fuera del país?

Aun así, no podía dejar de pensar en Valentín.

No iba a resignarse tan fácil.

Un hombre tan guapo, tan brillante, ¿cómo podía perderlo y dejar que Karina, esa desgraciada, se saliera con la suya?

En Villa Quechua, ningún joven sobresalía tanto como Valentín. Incluso el señor Boris no había conseguido que Grupo Lucero creciera tan rápido en tan poco tiempo, hasta casi alcanzar a Grupo Juárez.

Karina le ofreció un vaso de agua, hablando con calma, sin darle importancia.

—Antes trabajaba aquí cerca, así que compré este departamento de segunda mano. Además, queda cerca del hospital donde atienden a mi madre, por eso me quedé aquí de momento.

Beatriz chasqueó la lengua con asombro.

—La verdad, me estás cambiando la imagen que tenía de las hijas de familia. Pensé que todas solo vivían en mansiones, o mínimo en penthouses. Jamás imaginé que una pudiera vivir en un lugar tan sencillo.

Pero no tardó en ir al grano.

—Bueno, ya, dejando eso. ¿Me prestas el Manual del Centinela Digital?

Karina ni siquiera levantó la vista.

—No te lo presto. No has cumplido con lo que me prometiste, así que olvídalo.

Beatriz iba a ponerse a rogarle, pero en ese instante, el celular de Karina comenzó a sonar de repente.

Karina contestó, y del otro lado, la voz del asistente de su segundo abuelo sonaba al borde del pánico.

—¡Señorita Karina, tenemos un problema! ¡El señor Benjamín, el señor Gastón y el señor Villalobos acaban de irse todos al Club Tríada!

—¡Su papá reservó todo el lugar con anticipación! ¡Seguro es una trampa!

—¡Nos dejaron afuera, no hay manera de entrar!

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