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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 381

Karina ya no aguantaba más, ni lo que escuchaba ni lo que veía. De pronto, se quitó los audífonos con fuerza y volteó hacia Sebastián.

—¿De dónde sacaste ese video?

Sebastián levantó la barbilla, señalando con un gesto la primera fila del público.

Karina siguió su mirada. En ese instante, se topó de frente con los ojos oscuros y profundos de Lázaro.

Ahí estaba él, sentado con ropa casual, pero su presencia era tan fuerte que era imposible ignorarlo.

El corazón de Karina dio un vuelco.

Reconocía el fondo del video: era la sala de descanso en el piso donde su madre estuvo internada.

De repente, recordó aquel día en que su madre necesitaba una transfusión urgente. Karina, desesperada, había llamado a Gonzalo. Pero él, fastidiado, respondió que estaba ocupado platicando “de algo importante” con Sabrina.

Así que… ¿de eso se trataba?

Sintió una oleada de asco, tan fuerte que casi vomita ahí mismo.

Fue hasta que el personal anunció la reproducción del segundo video que Karina logró recomponerse un poco.

Pero pronto notó que algo andaba muy mal con su madre.

El cuerpo de Yolanda temblaba levemente.

Ese video tenía que ver con su abuelo.

Karina, alarmada, agarró la mano de su madre. Estaba helada y temblorosa.

Una lágrima caliente cayó sobre la mano de Karina.

Yolanda estaba en shock.

A decir verdad, nunca imaginó que esa decisión impulsiva de su juventud no solo le arruinó la vida y le truncó el futuro a su hija. Peor aún... ¡había causado la muerte del padre que más la quería!

Se apretó el pecho con ambas manos, como si una garra invisible la estrujara por dentro.

Dolía.

Era un dolor tan intenso que apenas podía respirar, sentía que todo en su interior se contraía.

Toda su vida, al final, no era más que una broma cruel.

Jamás debió dejarse llevar por ese impulso y abrirle la puerta al enemigo.

Odiaba, odiaba con todo su ser a esa versión ingenua y tonta de sí misma.

¿Por qué actuó así?

Aunque hubiera tenido que cargar con la vergüenza y quedarse sola para siempre, habría sido mucho mejor que llegar a esto.

Le falló a su padre, le falló a la familia Sierra.

Era la vergüenza de los Sierra...

Karina percibió la angustia de su madre y sintió que se le partía el corazón.

Acercándose, le susurró con preocupación:

—Mamá, podemos pedir un receso.

Ya casi terminaba el debate y el juicio estaba a punto de pasar a la sentencia, cuando, de repente, un hombre se levantó en el público.

—¡Señor juez! ¡Quiero presentar una nueva prueba!

—Quiero demostrar que, antes de que Gonzalo fuera infiel, Yolanda ya lo había engañado dentro del matrimonio.

Karina volteó de inmediato, sorprendida.

Era Damián Leyva, el hijo del hermano mayor de Gonzalo.

Damián, muy seguro de sí mismo, entregó un sobre de papel manila al policía y le gritó al juez:

—¡Si Yolanda es la que cometió la falta primero, no pueden dejar a mi tío sin nada! ¡Su parte de los bienes debe regresársele!

Mientras hablaba, le echó una mirada desafiante a Karina.

Estaba convencido de que si lograba demostrar la infidelidad de Yolanda, el plan de Karina de dejar a Gonzalo sin nada y lograr la condena máxima se vendría abajo.

Si al final lograban un divorcio “amistoso”, la fortuna que le tocaría a su tío terminaría quedándose en manos de los Leyva.

En ese instante, Karina lo entendió todo.

Por fin comprendió por qué Sabrina se hizo esa prueba de paternidad.

Todo había sido calculado.

Aunque Gonzalo quedara como un criminal, igual querían arrancarle algo a su madre, cueste lo que cueste.

La ambición y la maldad de esa familia no tenían límites.

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