—¿Estás mejor ahora?
Karina se pegó a su pecho y asintió:
—Qué calientito... me gustaría quedarme pegada a ti.
Lázaro rio en voz baja, apretando el brazo para rodearla más:
—Entonces caminemos así, yo te abrazo.
Pero Karina negó con la cabeza, levantando el rostro con preocupación:
—Mejor regresemos pronto, aún estás herido y recién se te bajó la fiebre, el viento no te hará bien.
La mirada de Lázaro se fijó en el cielo gris y distante.
—No importa, el viento... ayuda a pensar.
El pecho de Karina dio un vuelco, y no pudo evitar preguntar:
—¿Estás muy preocupado por Mario? ¿Tienes miedo de que... no despierte?
Lázaro no contestó.
Karina apretó su mano, hablándole con convicción:
—Todavía faltan dos días. ¿No dijiste que nunca te ha decepcionado?
—Seguro despertará, no querrá dejar a Belén ni a su capitán.
Lázaro guardó silencio por largo rato.
Cuando volvió a hablar, su voz era grave y áspera, como arena arrastrada por la tormenta:
—Mario... fue el primero que recluté para formar Los Colmillos del Tigre.
—En ese entonces, el Comandante me pidió armar mi propio equipo de asalto, me dio carta blanca para elegir a quien yo quisiera.
—Revisé miles de expedientes, uno por uno, pero nadie encajaba con lo que buscaba.
—Hasta que... hubo una batalla fronteriza.
Su mirada se tornó distante, como si retrocediera en el tiempo hasta aquel campo plagado de cañones y artillería.
—La situación era desesperante, los enemigos estaban atrincherados en una fortaleza sólida, y cada vez que intentábamos atacar nos repelían.
—Y justo cuando estábamos a punto de realizar un asalto frontal... un niño se adelantó corriendo.
—Se adelantó sin miedo a las balas, pasando por entre mis propias líneas.
—Lanzó un explosivo gigante de fabricación casera hacia la fortaleza.
—Y la destruyó, pero al estar tan cerca, también salió volando por los aires por la onda expansiva.
Al contar eso, la mano de Lázaro tembló levemente.
—Fui hasta los escombros y lo saqué... me di cuenta de que era solo un niño.
—Apenas tenía doce años.
Karina lo escuchaba sorprendida.
—¿Doce años?
Lázaro asintió, una chispa de sufrimiento iluminó sus ojos.
—Sí, doce años.
—Y sin embargo, él no está.
—Si no me hubiera protegido... si no hubiera saltado para salvarme... el que estaría en la UCI sería yo.
—Kari...
Hundió la cabeza en el cuello de Karina, su voz era tan suave que temblaba, como si se tratara de un chiquillo desorientado:
—Tengo mucho miedo de que no despierte.
—Si no despierta... jamás me lo perdonaré.
Karina escuchaba aquellas palabras del pasado, y su corazón dolía junto al suyo.
Era sumamente inusual ver a Lázaro en un estado tan frágil. De pronto no sabía ni qué palabras usar para consolarlo.
Cualquier palabra sonaba hueca y estéril en aquel instante.
Solo le quedó darse vuelta y envolver sus brazos en torno a la cintura de Lázaro, dándole su mudo apoyo y fuerza.
En ese justo instante, un timbre de celular interrumpió su momento solemne.
Lázaro se apuró en sacar el aparato de sus ropas para contestar.
Dado lo pegados que estaban, Karina también pudo escuchar la voz del auricular.
Tan pronto como contestó, se escuchó el rugido de emoción de Issac a través de la llamada:
—¡Capitán! ¡Regrese pronto!
—¡Mario despertó! ¡Ha despertado!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador