Karina frunció ligeramente el ceño.
Instintivamente levantó la mirada hacia el rincón.
Mariano estaba revisando su celular; parecía que él había sido el informante.
De repente sintió que todo era muy aburrido.
Y ya no quería seguir esperando.
Karina se levantó y se dirigió a la puerta.
Mariano, que la había estado vigilando de reojo, la siguió rápidamente:
—Señora, ¿a dónde va? ¡El señor está por llegar, ya está en el ascensor!
Karina no le prestó atención y abrió la puerta.
Casi al mismo tiempo, las puertas del ascensor al fondo del pasillo se abrieron con un tintineo.
La imponente figura de Lázaro fue la primera en salir.
Su impecable traje negro hacía resaltar su aura amenazante mientras caminaba con paso firme.
Su rostro esculpido mostraba una expresión fría, con la mandíbula fuertemente tensa.
Medio paso detrás de él, apareció Mónica, con sus tacones resonando en el suelo.
En menos de media hora se había cambiado de ropa. Ahora llevaba un ajustado vestido lila pálido, que la hacía lucir aún más suave y dulce que el atuendo de la sala de descanso.
Ambos caminaban uno tras otro; a simple vista, hacían una pareja envidiable.
Los dedos de Karina se aferraron al pomo de la puerta con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Sintió como si su corazón hubiera recibido un fuerte golpe, seguido por un dolor sordo y una amargura punzante.
Respiró hondo y dio media vuelta en la dirección opuesta, hacia su propia habitación.
No quería quedarse ahí ni un segundo más.
Tampoco quería ver a esos dos juntos.
—¡Kari! ¡Déjame explicarte!
Lázaro la vio en cuanto salió del ascensor, y cuando notó que ella se giraba para irse, su corazón dio un vuelco.
Corrió hacia ella y la tomó del brazo, atrayéndola hacia su pecho.
Karina chocó contra su firme pecho, su nariz fue invadida por ese aroma frío que le era tan familiar.
Pero en ese aroma había un toque sutil... un dulce perfume que no era suyo.
Era el aroma de Mónica.
El estómago de Karina se revolvió e inmediatamente comenzó a luchar con fuerza:

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