Al día siguiente, Karina despertó asada de calor.
Era como si estuviera abrazando un radiador gigante, envuelta en un calor incesante.
Ya había amanecido, y los rayos de sol se filtraban por las rendijas de las cortinas, iluminando toda la habitación.
Pero Lázaro aún no despertaba.
Seguía en la misma postura de la noche anterior, envolviéndola por completo entre sus brazos.
Dormía profundamente y su respiración era más pesada de lo habitual.
Ese calor ardiente provenía directamente de él.
El corazón de Karina dio un vuelco.
Lo empujó suavemente por el brazo, queriendo salir de su abrazo.
Pero en cuanto se movió, esa gran mano la apretó por reflejo, volviendo a dejarla en el mismo lugar.
—¿Lázaro?
Karina lo llamó de manera vacilante.
El hombre no despertó, solo frunció fuertemente el ceño, como si su sueño fuera intranquilo.
Karina logró sacar su mano con esfuerzo y le tocó la frente. ¡Estaba ardiendo!
—¿Cómo es que te subió tanto la fiebre...?
Karina se llenó de pánico en un instante.
Esa temperatura era de al menos treinta y nueve grados.
—¡Lázaro, despierta! ¡Tienes fiebre!
Lo empujó con más fuerza, y solo entonces Lázaro abrió los ojos lentamente.
Aquellos ojos que solían ser tan profundos y agudos, ahora estaban cubiertos por una capa de niebla. Su mirada cayó desenfocada sobre su rostro, reaccionando con lentitud.
—...¿Dormimos un poco más? —Su voz sonaba tan ronca como si hubiera tragado papel de lija.
Karina, desesperada, tiró de la cobija.
—Tienes fiebre, estás ardiendo. Levántate rápido.
Sin embargo, Lázaro la agarró de la muñeca de inmediato, volvió a cerrar los ojos y apoyó su frente hirviente contra su cuello.
—No es nada —murmuró él, con el aliento ardiendo sobre su piel—, dormiré un poco más y se me pasará.
—¡No!
Karina intentó sentarse, hablando en un tono cortante y decidido.
—No seas terco, suéltame, iré a buscarte medicina.
Con mucho esfuerzo logró liberarse de su abrazo caluroso, pero apenas iba a levantarse de la cama cuando él la abrazó desde atrás.
—No te vayas.
Lázaro levantó su cuerpo pesado y se pegó a su espalda. Sus brazos rodearon su cintura y una mano se deslizó con destreza por debajo de su ropa, subiendo atrevidamente por la línea de su cintura.
—De verdad es un problema menor.
Apoyó su barbilla en el hueco de su hombro, con voz apagada y un tono confuso y hasta un poco sinvergüenza.
—Es solo el sistema inmunológico liberando factores inflamatorios para estimular la temperatura... la fiebre significa que el cuerpo se está reparando, si sigo durmiendo estaré bien.

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