Ver al Invencible, siempre tan fiero e invencible, mirando a su bolsillo con cara de terror.
Karina por poco y suelta la carcajada que tenía atorada.
Pero se aguantó.
Con rostro inexpresivo, hurgó en su bolsillo un buen rato.
Finalmente, sacó un brillante dulce de fresa y se lo dio.
Su tono de voz se suavizó al fin:
—Toma, tu recompensa.
Lázaro se quedó helado un segundo, antes de dejar escapar un largo suspiro de alivio.
Agarró el dulce, la miró y dijo en un tono suave, lleno de vacilación:
—Kari, ¿ya no estás enojada?
Karina le volteó el rostro y resopló sutilmente.
Lázaro la miró, la oscuridad en sus ojos espesándose de repente.
Desenvolvió el caramelo rosado y translúcido que desprendía un dulce aroma a fresas.
Karina pensó que él iba a comérselo, y estaba a punto de desviar la vista.
Pero, en el segundo siguiente, Lázaro se levantó, agarró su nuca y se inclinó hacia ella.
Antes de que Karina pudiera reaccionar, él le metió el caramelo a la boca.
Casi al mismo tiempo, sus cálidos labios se pegaron a los suyos.
—Mm...
Karina abrió los ojos de par en par.
Con la punta de la lengua, Lázaro la forzó a abrir los dientes, guiando el caramelo rosa entre sus bocas y enredándolo entre ellos.
El sabor dulce de la fruta se mezclaba con su respiración hirviente, nublándole todo pensamiento.
Sin darse cuenta, levantó los brazos y le rodeó el cuello.
La respiración de Lázaro se aceleró de golpe.
Sin conformarse con esa pizca de dulzura, apretó con más fuerza la mano que la agarraba por la nuca y la besó más fuerte y profundo.
No supieron cuánto tiempo pasó, hasta que el dulce se derritió por completo con las lenguas de ambos.
Lázaro la soltó a regañadientes, pero sin levantarse; la empujó hacia abajo, hundiéndola por completo en la cama.
Sus cuerpos estaban tan unidos, que Karina podía sentir de forma clara la respuesta de su cuerpo.
Lázaro hundió la cara en el cuello de su esposa, el resuello golpeando contra su piel, causándole escalofríos.
—Kari...
Su voz estaba hecha un desastre por la ronquera, repleta de la represión de sus propios impulsos.
—Qué voy a hacer... no puedo aguantar.
Karina miraba el techo un poco aturdida, tardó un buen rato en recuperar la respiración, hasta que le preguntó casi en un susurro:

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