—Señor juez, señoras y señores, todos hemos estudiado en la prepa que en genética existen los rasgos dominantes y los recesivos.
—Por ejemplo, la nariz prominente es dominante sobre la nariz pequeña, las cejas pobladas sobre las cejas delgadas, y el cabello rizado sobre el lacio.
Karina Leyva dirigió su mirada hacia Yago.
—Ahora, les pido que observen al señor Yago.
Siguiendo su indicación, todas las miradas se posaron en ese hombre elegante que, a pesar de la rabia pintada en su cara, conservaba su porte distinguido.
Yago, probablemente con ascendencia extranjera, tenía unos rasgos mucho más marcados que la mayoría de los habitantes de la Federación de Costaverde.
Su nariz era alta y recta, los ojos profundos, el hueso de la ceja bien definido y prominente.
El cabello, extremadamente negro y con un rizo natural, caía de forma elegante; sus cejas, gruesas y bien delineadas, daban fuerza y carácter a su semblante.
Karina levantó la mano y, ante la mirada incrédula de todos, soltó la liga que recogía su cabello.
Una cascada oscura y sedosa cayó de inmediato sobre sus hombros, lacia como la obsidiana, tan negra y recta que ni una sola onda se asomaba.
—Ahora mírenme a mí.
Su rostro tenía la delicadeza propia de los rasgos orientales: facciones finas, pequeñas, como si hubieran sido dibujadas con precisión en una pintura minuciosa.
Su nariz era delicada, no especialmente alta; el hueso de la ceja tan suave como sus líneas. Las cejas, largas y delgadas, se notaba que estaban delineadas y no eran naturalmente pobladas.
Con la mirada de todos sobre ella, preguntó con calma:
—¿Alguien puede decirme qué rasgo dominante del señor Yago heredé yo?
El silencio llenó la sala. Nadie se atrevió siquiera a respirar fuerte.
—Ah, y hay otro detalle —añadió Karina, ladeando ligeramente la cabeza—. Los ojos del señor Yago y de mi madre son color ámbar, especialmente notorio bajo la luz.
—Los míos son completamente negros.
De inmediato, todas las miradas recayeron sobre Yolanda Sierra, luego sobre Yago, y finalmente, como un solo movimiento, sobre Gonzalo Leyva, sentado en el banquillo de los acusados.
La respuesta era más que obvia.
Él seguía como en otro mundo, sumido en el desconcierto.
Yolanda no le había sido infiel; Karina sí era su hija…
Esa revelación lo dejó sin saber si sentir alivio o arrepentimiento.
Con movimientos torpes, Gonzalo tomó la hoja. Sus ojos, perdidos, se posaron en el papel. Cuando leyó el nombre “Fátima Barrios” y vio la frase final: “Se descarta la relación de parentesco biológico”, sus pupilas se contrajeron como si acabara de recibir una descarga eléctrica.
Sintió como si un balde de agua helada le cayera encima, paralizándolo de pies a cabeza.
En un arrebato, se levantó de golpe de la silla y gritó, fuera de sí:
—¡Eso no puede ser!
—¡Ese informe es falso! ¡Debe serlo!
Los ojos de Gonzalo estaban inyectados de sangre mientras clavaba la mirada en el informe, como si miles de agujas se le enterraran en la mente.
¿Cómo era posible que Fátima no fuera su hija?

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