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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 386

La sala del tribunal fue quedando vacía poco a poco, hasta que solo quedaron ellos.

Yolanda seguía con el ánimo por los suelos, pero no era por ese tal Gonzalo, que no merecía ni un segundo de su atención, sino por su padre.

Miró a Karina, con la voz áspera, casi quebrada.

—Kari, quiero ir a visitar la tumba de tu abuelo.

—Claro, yo la acompaño —respondió Karina al instante, sin dudarlo.

Pasaron rápidamente por un restaurante cercano, apenas si probaron bocado, y luego subieron al carro rumbo al cementerio.

Afuera, el cielo se había puesto gris sin avisar, y la lluvia empezó a caer fina y persistente, como si reflejara el ánimo de madre e hija.

Isabel sostenía el paraguas sobre Yolanda, quien caminaba con la ayuda de un bastón y llevaba en el otro brazo un ramo de crisantemos blancos.

Rechazó cualquier intento de ayuda, apretando los dientes, avanzando con determinación, paso a paso, por las escalinatas.

A medio camino, se detuvo y miró a Karina por encima del hombro.

—Ustedes… mejor esperen aquí.

Karina, con los ojos enrojecidos, se detuvo en seco.

También llevaba un ramo de flores. Lázaro, en silencio, se mantuvo a su lado, cubriéndola por completo con un paraguas enorme que parecía un refugio en medio de la tormenta.

Cuando vio a su madre llegar por fin frente a la lápida, arrodillarse temblorosa ante la foto de su abuelo, Karina ya no pudo contener las lágrimas.

Se dio la vuelta de golpe, sin querer que la vieran llorar.

En ese momento, una servilleta suave apareció frente a su cara. Lázaro, alto y callado, la rodeó delicadamente, y sin decir palabra, empezó a limpiar las lágrimas que desbordaban por sus mejillas.

La voz de Karina se quebró, cargada de nostalgia y dolor, y sin quererlo, le confesó a Lázaro:

—Mi abuelo… era una persona recta, con una fuerza increíble.

—Cuando yo era niña, siempre me llevaba con él al Grupo Galaxia. No importaba lo ocupado que estuviera, se las arreglaba para ayudarme con mis tareas.

—No solo fue mi primer maestro, también fue… la persona a la que más admiraba.

—Por él, desde chica me llamó la atención todo lo relacionado con tecnología, computadoras, electrónica. Mi primer acercamiento a la informática fue gracias a él, porque me enseñó desde cero.

Nadie sabía que, en aquel entonces, cuando llevó a Gonzalo a la familia Sierra, su padre se opuso rotundamente.

La había llamado al despacho, y por primera vez la había regañado con una fuerza que nunca antes había mostrado.

Le dijo que, aunque la reputación de la familia Sierra se viniera abajo, aunque ella nunca se casara, él la cuidaría toda la vida, pero jamás permitiría que, por proteger la imagen de la familia, terminara con un hombre del que no se sabía nada.

Pero ella, en ese entonces, no quiso escuchar.

No podía contactar a Yago, el hombre que le había prometido casarse con ella, y cuando más lo necesitaba, él desapareció sin dejar rastro.

Desilusionada y herida, Yolanda insistió en casarse con Gonzalo.

Al ver que no podía hacerla cambiar de opinión, su padre solo pudo suspirar y ceder, mandando a investigar los antecedentes de Gonzalo.

¿Quién iba a imaginar que en realidad estaba metiendo a un lobo en casa?

Ahora sentía que era la vergüenza de la familia Sierra.

Incluso después de morir, aunque bajara al infierno, ¿cómo iba a tener cara para ver a su padre?…

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