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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 388

—¡Kari, estás loca! ¿No que no aguantas nada de picante? —Belén soltó el grito enseguida.

Karina giró el tenedor con el trozo de callos recién salido del queso fundido y, en voz baja, respondió:

—Es que las veo a ustedes comer tan a gusto, que me dieron ganas de probar.

Belén solo pudo suspirar resignada.

—Pero no exageres, ¿eh? Si te vuelve a doler el estómago, atente a las consecuencias. Yo no quiero tener problemas con tu familia.

Karina asintió antes de llevarse el bocado a la boca.

Apenas tocó su lengua, el picante explotó como una tormenta en su paladar. Una corriente ardiente bajó por su garganta y le puso los ojos vidriosos.

Se apresuró a tomar un gran trago de leche para calmar esa sensación, pero apenas pasó la incomodidad, le quedó un extraño gusto por el reto. De hecho, quería más.

Belén le sujetó la mano de inmediato, con el ceño arrugado.

—¡Ya estuvo! Con una probada es suficiente. Si sigues así, vas a acabar en el hospital. Yo no pienso dar la cara con tu familia si te pasa algo.

Karina, sin más opción, soltó el tenedor.

Pero esa ansia por seguir comiendo no desapareció, se quedó ahí, como una chispa imposible de apagar. Recordó lo delicado de su estómago y decidió aguantarse.

De pronto, a Belén se le iluminó el rostro.

—¡Ah, por cierto, Kari! Este miércoles me acompañas a una cita, ¿eh? No te olvides.

Antes de que Karina respondiera, Sebastián, desde el otro lado de la mesa, soltó un comentario cortante:

—¿Cita en día laboral? ¿Ya no quieres trabajar o qué?

Belén se encendió de inmediato y, dando un golpe en la mesa, le gritó:

—¡Ya pedí permiso con Recursos Humanos, hasta me lo aprobaron!

Sebastián, sin molestarse en mirarla, solo sumergió otra rebanada de res en el queso fundido.

—Recursos Humanos te lo aprobó, pero yo no. El miércoles vienes conmigo a la otra ciudad, tenemos trabajo.

Belén se puso tan roja que parecía a punto de explotar.

—¡Sebastián, eres un explotador! ¡Hasta el fin de semana estuve trabajando para ti, ya terminamos el caso! ¿Por qué no me dejas un día libre? ¡No es justo!

La tensión entre ambos iba en aumento, así que Karina decidió tomar su celular para revisar la hora.

—Belén, mi hermana está en mi casa, voy a irme antes. Sigan comiendo, ya pagué la cuenta.

Se levantó rápido, tomó su bolso y salió casi corriendo del restaurante.

Detrás de ella, la voz de Belén retumbó:

—¡El miércoles me acompañas, eh!

Y enseguida, la voz cortante de Sebastián:

—El miércoles vienes conmigo al viaje. Si llegas tarde, olvídate de tu trabajo.

Cuando Karina cerró la puerta del privado, todavía pudo escuchar los gritos de Belén al borde del colapso.

Antes de que pudiera reaccionar del todo, la persona ya se había levantado y entrado al baño.

El sonido del agua llenó la habitación.

Karina espabiló de golpe.

Poco después, el agua dejó de correr y la puerta del baño se abrió.

Lázaro, en pijama, se metió bajo las cobijas y la rodeó con sus brazos, acercándola contra su cuerpo.

El calor de su piel contrastaba con la brisa de la mañana; parecía un horno humano, fuerte y reconfortante.

Karina preguntó, todavía con voz adormilada:

—¿Trabajaste toda la noche?

Lázaro apoyó su cabeza en el cabello de Karina y murmuró con un tono ronco y cansado:

—Tenía unos pendientes.

Hizo una pausa y agregó:

—Y de paso, averigüé lo de Sabrina.

Karina se giró de inmediato para verlo.

—¿Entonces? ¿Atraparon a los que tenían que atrapar?

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