Ese resultado de la prueba de paternidad solo fue posible porque Hugo robó un mechón de cabello de su recámara.
Aun así, ella seguía confiando en Hugo.
Alguien como Sabrina no podía dejar de sospechar.
No fue sorpresa que, al escuchar la pregunta, el cuerpo de Hugo se tensara de inmediato y sus ojos dejaran ver una mezcla de humillación y nerviosismo.
—Ella... ella sí llegó a sospechar.
Parecía recordar algo aterrador, su voz temblaba.
—Incluso mandó a alguien... alguien a presionarme para que dijera la verdad.
—Pero yo juré que en esta vida jamás volvería a traicionarla, señorita Karina.
—Así que me mantuve firme, le aseguré que usted nunca había dudado de mí, que seguía siendo su persona de mayor confianza.
—Justo en esos días la señora Yolanda salió del hospital y usted retiró a todos los guardaespaldas de su alrededor. Le dije que su sospecha iba dirigida a ellos, por eso decidió deshacerse de todos.
Karina frunció el ceño. Había notado algo extraño en sus palabras.
—¿Qué te hizo?
El rostro de Hugo palideció al instante.
Sabía que, tras una traición, la señorita Karina jamás volvería a confiar en él por completo.
Aunque aquello... resultaba denigrante.
De todas formas, apretó la mandíbula, como si se armara de valor.
Levantó la mano y, uno por uno, desabrochó los botones de su saco...
Cuando la camisa se deslizó de sus hombros, los ojos de Karina se abrieron de par en par.
Su cintura delgada y la espalda estaban cubiertas de quemaduras de cigarro, tan juntas que apenas había espacio entre una y otra.
Las heridas ya tenían varios días, y la sangre seca formaba costras oscuras.
El semblante de Karina se endureció de inmediato.
No esperaba que Sabrina pudiera ser tan cruel y despiadada.
La mano de Hugo se detuvo en la pretina del pantalón, pero al final, no siguió.
No le contó a la señorita Karina que, en la parte interna de sus muslos, las quemaduras eran todavía más numerosas que en la espalda y la cintura.
Volvió a ponerse la camisa; su voz, ronca pero firme.
—Señorita Karina, no quiero usar estas heridas para ganarme su compasión ni su confianza.
—Solo quiero que sepa que yo, Hugo, la traicioné una vez, y no merezco perdón. Ese dolor, ese castigo, es lo que me corresponde.
—Pero desde el día que juré lealtad a usted, mi vida le pertenece. No importa lo que Sabrina me haga, aunque me apunte con una pistola a la cabeza, jamás volveré a traicionarla.
Sabrina, Fátima...
Todo el infortunio que madre e hija les habían causado a ella y a su madre, Karina también podía devolverlo, pisoteando sus orgullos, llevándolas directo al fango.
Quería que probaran un sufrimiento mil veces más intenso que el de ella y su madre.
Karina inhaló profundo, ahogando el torbellino de rabia que la invadía.
—Ponte la ropa y vete a descansar.
—Sí, señorita Karina.
Hugo se puso la camisa y el saco a toda prisa, hizo una reverencia profunda y salió de la biblioteca casi corriendo.
Karina tomó su celular, se acercó a la ventana y marcó el número de Belén.
Al poco tiempo, la voz de Belén sonó al otro lado, perezosa y con un dejo de queja.
—¿Hola, Kari? ¿Ya me extrañas?
—Sebastián me dejó sola en el hotel desde temprano por una junta, ya me estoy aburriendo, aquí no conozco a nadie.
Mientras escuchaba sus quejas, Karina preguntó:
—¿Tienes algo que hacer hoy?

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