Valentín solo podía pensar que todo era absurdo, una burla cruel.
¿Cómo era posible que existiera una coincidencia tan retorcida en el mundo?
Desde pequeño, su padre le contaba historias sobre aquella niña del pueblo en las montañas, esa figura luminosa que fue su único consuelo en una infancia marcada por las sombras.
Él también supo, desde siempre, cuánto despreciaba su padre a su madre. Incluso, cuando era apenas un niño sin juicio, llegó a compartir ese mismo prejuicio junto a su padre.
Fue Karina quien, poco a poco, con calidez y argumentos, le ayudó a reconciliarse con su madre.
Y ahora, al final de todo, esa supuesta “luz” en su vida, resultaba ser la persona que había causado la muerte de su madre.
Su propio padre, además, le pedía que no buscara justicia.
—¿Y entonces? ¿Se supone que la muerte de mi mamá no vale nada?—. La voz de Valentín sonó áspera, como si se le desgarrara la garganta.
Inesperadamente, Sergio sacó un papel de su portafolio y lo dejó sobre la mesa con calma.
—Pensaba esperar un mejor momento para hablarte de esto.
—Pero viendo cómo están las cosas, si no te lo digo ahora, temo que hagas una locura.
Valentín bajó la mirada, clavando los ojos en el papel.
Un acta de matrimonio.
La tomó y la abrió.
Ahí estaban los nombres de su padre y Sabrina.
—¡Papá!—. Valentín levantó la cabeza de golpe, los ojos enrojecidos de rabia—. Mamá apenas lleva un año de muerta, ¿cómo pudiste?
Sergio ni se inmutó. Su expresión transmitía una calma que rayaba en el alivio de quien ha cumplido un deseo largamente acariciado.
—Incluso si tu madre siguiera viva, igual me habría divorciado de ella para casarme con la persona que más amo.
—Uno viene a este mundo para buscar el amor, y yo por fin lo encontré.
Miró a su hijo. Su tono no invitaba a la discusión, más bien era una orden.
—Fátima, de ahora en adelante, es tu hermanastra. No solo no puedes vengarte, sino que además quiero que la cuides.
—¡Esto es una locura!—. Valentín dejó escapar una risa amarga—. ¡Está completamente fuera de sí! ¡Sabrina es una mujer venenosa, capaz de todo…!
—¡Paf!—
Un bofetón le cruzó la cara, haciéndolo girar la cabeza.
Sergio se puso de pie y, desde arriba, lo miró con una frialdad que calaba los huesos.
—Sabrina ahora es tu madrastra. Todo lo que hizo fue para protegerse. No tuvo opción. Para mí, sigue siendo la muchacha más noble que he conocido.
—Si vuelvo a escucharte hablar mal de ella, me llevo Grupo Lucero y se lo entrego directo a Fátima.
Valentín, con la mejilla ardiendo, apretó la lengua contra la encía y tragó su coraje.
Lázaro ya había acomodado todas las cosas que trajeron en la mudanza.
No dejó que Karina se preocupara por nada.
Después de que Lázaro se marchó, Karina, descalza, caminó sobre la alfombra mullida hasta llegar a la enorme ventana que daba al río.
Afuera, el paisaje era una postal: el río se extendía majestuoso, brillando bajo el sol.
Se sentó en el piso, cruzó las piernas sobre la alfombra y abrió su laptop. Sus dedos volaban sobre el teclado, dejando fluir líneas y líneas de código.
Por un instante, pensó que esa vida, tranquila y serena, no estaba nada mal.
Paz. Silencio. Un respiro.
Pero esa calma no duró mucho.
—¡Señorita, tenemos problemas!—. Jimena llegó corriendo con el celular en alto.
—Isabel acaba de llamar. El señor Valentín… El señor Valentín fue hasta Privadas del Lago, cargado de regalos, a visitar a la señora.
Los dedos de Karina se detuvieron en seco sobre el teclado.
Frunció el ceño de golpe, y una expresión de fastidio le cruzó el rostro.
Cerró la laptop de un golpe y se puso de pie, tomando su abrigo al pasar.
—Llama a los guardaespaldas, vamos a Privadas del Lago.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador