Los labios de Valentín permanecieron apretados, negándose a emitir palabra.
Todo ese plan encajaba como piezas de un rompecabezas, con una maldad tan retorcida que resultaba imposible creer que Fátima, con su limitado ingenio, pudiera haberlo tramado sola.
Definitivamente, Sabrina estaba detrás de todo.
Esa mujer, con sus conexiones oscuras en el extranjero y un grupo de matones dispuestos a todo por ella, ahora se había transformado en la esposa de un importante miembro del gabinete. Sus artimañas no eran algo con lo que Karina pudiera meterse a la ligera.
No podía, bajo ninguna circunstancia, volver a poner a Karina en la mira de Sabrina y sus trampas.
La muerte de su madre sería vengada. Y esa amenaza agazapada en las sombras, él mismo se encargaría de erradicarla.
Alzó la mirada, y en sus ojos se agitaba un rojo contenido, como lava a punto de estallar.
—No puedo decirte quién fue el responsable. Pero, Karina, créeme, juro que voy a vengar a mi madre.
—Ja.
Karina soltó una risa sardónica.
La verdad, no necesitaba que él le dijera nada; ya lo sospechaba.
¿Quién más podría haber salido tan beneficiado de la muerte de la señora Magdalena, si no eran esas dos mujeres?
No tenía ganas de perder más tiempo con él. Su voz salió tan distante que cortaba.
—Vete. Y no vuelvas a molestar a mi mamá.
A Valentín se le enrojecieron los ojos de repente, la voz se le quebró como si le atoraran las palabras en la garganta.
—Karina, sé que estuve mal.
—Me engañaron... No tenía idea de que todo era así...
La miraba de frente, con esa expresión tan ajena y dura, y sentía que el corazón se le desgarraba poco a poco. El sabor a sangre subía por su garganta.
—Sé que te lastimé de muchas maneras. Si quieres gritarme, golpearme, lo acepto.
—Dime, ¿qué tengo que hacer? ¿Cómo puedo reparar mi error para que me perdones?
Mientras hablaba, una lágrima pesada se estrelló contra el suelo. El arrepentimiento le desbordaba los ojos.
Pero la mirada de Karina ni se inmutó; era como un pozo oscuro sellado por el hielo.
—Ya te lo he dicho mil veces: no voy a perdonarte.
La luz en los ojos de Valentín se apagó, pero apretó los dientes, negándose a rendirse.
—Entonces me quedaré aquí, de rodillas, hasta que tú y la señora me perdonen.
Karina apretó los labios y apartó la mirada, sin dedicarle un segundo más.
Se giró para sostener el brazo de su madre, y su voz se suavizó.
—Mamá, hace frío y hay mucho viento. Mejor vamos adentro a descansar.
Yolanda, agotada y con el alma hecha trizas, solo asintió.
—Está bien.
Karina acompañó a su madre hasta la habitación y la arropó con cuidado.
En sus ojos se asomaba una mezcla de miedo y cautela.
—Siempre tiendo a pensar bien de la gente, pero en el fondo sé que este mundo está lleno de personas malas, de gente que actúa por la espalda.
—A veces me inquieta... Lázaro es perfecto en todo, tanto que parece imposible encontrarle un defecto.
—Me asusta que sea igual que Gonzalo, que solo esté fingiendo.
—Kari, me gustaría conocer a sus papás. Quiero saber en qué clase de familia creció.
Karina asintió.
—Por supuesto, mamá. Hablaré con Lázaro para ver cuándo se puede.
Le apretó la mano con firmeza, el tono claro y decidido.
—No te preocupes tanto por mí. Ya aprendí la lección una vez, y no voy a tropezar en la misma piedra.
—Si algún día Lázaro me traiciona, claro que me dolerá, pero solo será por unos días. Nada más.
Yolanda vio la honestidad en los ojos de su hija y sintió un nudo en el pecho.
—También podrías pensar en lo bueno. Tal vez Lázaro sí sea ese hombre atento y paciente que aparenta.
Decía eso, aunque su mente aún estaba llena de temor.
Después de haber sido engañada por Gonzalo durante tantos años, ya no confiaba en su propio juicio. Solo podía aconsejar a su hija que no bajara la guardia y, por nada, permitiera que le pasara lo mismo.
Madre e hija seguían conversando cuando, de pronto, el cielo oscuro tras la ventana soltó una lluvia inesperada, como si el clima también compartiera el peso de sus corazones.

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