Karina había dormido tan profundo como nunca antes.
No fue hasta que el cielo volvió a oscurecer y un aroma intenso a comida caliente se coló por su nariz, que comenzó a despertar poco a poco.
Sus pestañas temblaron apenas y, de inmediato, una voz grave y cálida resonó junto a su oído.
—¿Despertaste? Come algo antes de seguir durmiendo.
Karina sintió una paz tan profunda, tan envolvente, que por un instante pensó que todo mal en el mundo se había desvanecido.
Abrió los ojos con lentitud, guiada por esa voz.
En cuanto lo vio, se quedó pasmada.
Lázaro llevaba un uniforme militar azul oscuro perfectamente planchado, con insignias brillantes en los hombros.
El cinturón le ceñía la cintura, marcando esa figura firme y esbelta. Más abajo, los pantalones del uniforme envolvían sus largas y rectas piernas, que terminaban en unas botas negras relucientes.
Se veía como un árbol fuerte en medio de la plaza del pueblo, imponente y erguido, irradiando una fuerza que no daba espacio a dudas ni a bromas.
Pero ese rostro… Tenía una belleza tan varonil, tan desafiante, que parecía estar hecho para provocar. Rasgos marcados, ojos intensos: emanaba una energía salvaje, casi animal, imposible de ignorar.
Santidad y fiereza, dos extremos opuestos conviviendo en él con una naturalidad que desarmaba.
Guapo no le hacía justicia.
El sueño que le quedaba a Karina se evaporó en un instante. No podía apartar la mirada.
¿En qué momento había olvidado que Lázaro, con uniforme, podía lucir así de impactante?
Se quedó sin palabras, embobada.
Lázaro se acercó con pasos largos y seguros, y le puso una mano cálida en la frente.
—¿Qué pasa?
Frunció las cejas, su voz cargada de preocupación.
—¿Todavía te duele la garganta?
Karina volvió en sí de golpe. Trató de incorporarse con torpeza.
Lázaro la ayudó, acomodándola suavemente contra el respaldo de la cama.
—Ya estoy mucho mejor de la garganta —respondió ella, aunque su voz aún salía un poco ronca. No podía dejar de mirarlo—. ¿Por qué… traes el uniforme?
Lázaro bajó la mirada hacia sí mismo.
—Se me olvidó cambiarme.
La notó mirando raro y preguntó:
—¿Te incomoda? Si quieres, ahorita me cambio.
—¡No!
Karina lo agarró del brazo, casi sin pensarlo.
—No es incomodidad. Es solo que… nunca te había visto así. Se siente raro, pero bonito.
Antes de que él pudiera contestar, Karina se adelantó:
—Después de cenar, ¿quieres que nos acostemos juntos un rato?
—Me parece perfecto.
Lázaro asintió sin dudar.
Cuando terminaron de lavarse y arreglarse, él la abrazó y se acostaron juntos.
En la oscuridad, la mano de Lázaro se posó suavemente sobre el vientre plano de Karina y comenzó a acariciarlo despacio.
Era difícil describir lo que sentía. Ahí, justo ahí, ya estaban creciendo dos pequeñas vidas.
Se sentía emocionado, ansioso y, sobre todo, nervioso.
Pero dudaba en decirle a Karina lo del embarazo. Después de todo el susto que acababa de pasar, ¿sería capaz de soportar otra noticia así de fuerte?
Sobre todo cuando siempre había sido tan reacia al tema.
Mientras Lázaro lidiaba con ese dilema interno, Karina malinterpretó la situación.
Tomó su mano, que estaba a medio camino, y la llevó directo a su pecho, presionándola suavemente.
En la quietud de la noche, su voz sonó ronca y perezosa, pero también llena de cariño.
—Si quieres, podemos intentarlo.
—Ya descansé, me siento mucho mejor.

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