[Bárbara: Mañana es la final del concurso de IA, ¿vas a alcanzar a regresar?]
Karina frunció el ceño.
En estos días, Bárbara le había estado enviando mensajes todos los días. Aunque parecían muestras de preocupación, esa insistencia solo dejaba ver una clara intención de averiguar más de la cuenta.
Respondió de inmediato: [Depende de cómo se den las cosas.]
Bárbara no tardó en contestar: [¿Quieres que te ayude a preparar algo? Me da miedo que, si regresas a las carreras, no alcances a llegar a tiempo.]
La mirada de Karina se tornó más seria. Tras pensarlo un momento, decidió acabar con cualquier esperanza que Bárbara pudiera tener.
[No hace falta. Puede que ni llegue. Mejor no faltes a tu trabajo solo por ir a verme competir.]
Bárbara respondió enseguida con una serie de caritas sorprendidas.
[¿Tan grave estás? ¡Sería una lástima que no pudieras llegar a una competencia tan importante! ¡Llevas tanto tiempo preparándote para esto!]
Karina apenas curvó los labios en una mueca tranquila.
[No importa. Un sistema verdaderamente exitoso no necesita de un escenario para probar su valor.]
[Bueno, cuídate. Avísame lo que sea.]
Karina bloqueó la pantalla del celular y no respondió más.
En ese momento, la puerta de la habitación del hospital se abrió de golpe. Issac entró, sudando y agitado.
—Karina, fui a preguntar y en la base tampoco saben nada de Lázaro ni de los otros.
Le costaba recuperar el aire mientras hablaba.
—Hoy tampoco van a regresar. Si quieres, te llevo de vuelta a Villa Quechua para que te prepares para la competencia de mañana.
Karina negó con la cabeza, su voz firme e inamovible.
—Me quedo aquí a esperar.
Le había prometido a Lázaro que lo esperaría en el hospital.
Además, cuanto más se acercaba la competencia, más peligro sentía a su alrededor.
La última vez fue una advertencia que no pensaba tomar a la ligera. Si no hubiera hecho caso y no hubiera ido al hospital con escolta, la habrían secuestrado sin remedio.
Esta vez, Lázaro le pidió quedarse quieta en el hospital, sin moverse. No pensaba darle más preocupaciones ni dejar brechas para que sus enemigos aprovecharan.
Lo único que podía hacer era esperar.
Esperar a que él y sus compañeros regresaran juntos, todos sanos y salvos.
...
Mientras tanto, en Villa Quechua.
En una sala de descanso decorada con buen gusto, Bárbara guardó el celular y miró a la mujer frente a ella.
—No hay forma de que Karina llegue mañana al concurso de IA.
La mujer vestía un elegante vestido que resaltaba su porte, y su mirada reflejaba la astucia y la experiencia de los años.
No tardó en relacionar ambos hechos. Sin embargo, la investigación solo la dejó más confundida.
El esposo de Karina era un bombero llamado Lázaro.
El nombre Lázaro le sonaba familiar.
Estaba justo en la lista de contactos fijos en el celular de Boris, a la par de su propio nombre.
Eso solo podía significar que Lázaro era tan importante para él como ella misma.
Por eso se atrevió a llegar sin invitación a la fiesta de inauguración del nuevo hogar de Karina, solo para ver en persona a ese Lázaro.
Al final, no logró verlo y el misterio se hizo más grande.
Días atrás, cuando Karina desapareció, Bárbara fue directo al Grupo Juárez y esperó fuera de la oficina de Boris un día y una noche enteros.
Él nunca salió.
En ese momento, estuvo a punto de confirmar lo que sospechaba.
Justo entonces, Sabrina la buscó para pedirle información sobre Karina.
Así que aprovechó la oportunidad y convirtió todo en un intercambio.
Solo quería saber si Karina era, en efecto, la mujer que llevaba tanto tiempo buscando.
En la sala, Sabrina observó a Bárbara, percibiendo la obsesión y la insatisfacción ardiendo en sus ojos. De pronto, una sonrisa enigmática apareció en su rostro.
—Estás sospechando —dijo, con voz pausada y certera—, ¿que Karina es la señora Juárez?

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