Al día siguiente.
Cada cuatro años, la "Copa Invención" —el torneo global para desarrolladores de inteligencia artificial— daba inicio oficialmente en el Estadio Nacional Villa Quechua.
Esta competencia tenía reglas bastante particulares: todos los participantes debían inscribirse de manera individual, sin equipos ni apoyo externo.
Por eso, quienes lograban estar aquí no eran otros que los programadores más sobresalientes de todo el mundo.
Aún antes de que amaneciera, ya había una multitud afuera del estadio. Los periodistas y sus cámaras estaban listos, apuntando al acceso principal.
[¡Muy buenos días, amigos! Estamos transmitiendo desde la Copa Invención en vivo.]
[Como pueden ver, aunque falta una hora para la inauguración, el ambiente en el lugar ya está que arde.]
[Cuatro años de preparación para este momento. ¿Quién se llevará hoy el máximo honor del sector: el codiciado Premio Estrella Dorada? ¡Quédense con nosotros para descubrirlo!]
Puntualmente a las ocho, el público empezó a ingresar al estadio.
Yolanda Sierra también llegó temprano. Gracias a sus conexiones, había conseguido un asiento VIP con una vista envidiable.
Entró por el acceso exclusivo y, en cuanto se acomodó, sacó su celular y marcó un número.
Pero seguía sin poder comunicarse.
Hace unos días, Kari aún le había mandado mensajes diciendo que estaba de viaje, jurando que regresaría antes de la competencia.
Pero no volvió ayer, y hoy ni siquiera respondía.
El ceño de Yolanda se marcó con fuerza, y la inquietud le creció en el pecho.
Giró hacia su acompañante, Jimena, y le pidió:
—Llama otra vez a Belén, ¿no estaban juntas ellas?
Jimena terminó la llamada rápido y negó con la cabeza.
—Sigue sin entrar la llamada, parece que no está en zona de cobertura.
Eso solo consiguió que Yolanda se preocupara más.
Jimena lo notó y trató de tranquilizarla:
—No se preocupe, señora, capaz que la señorita ya entró al estadio. Usted sabe cómo son estos torneos internacionales, la seguridad es muy estricta. Si ya está en los laboratorios detrás del escenario, seguro bloquearon la señal de los celulares.
La explicación tenía sentido.
Yolanda logró relajarse un poco y asintió, aunque la inquietud no se le iba del todo.
No llevaba ni un minuto sentada cuando escuchó la voz sorprendida de una mujer a su lado.
—¿Sra. Yolanda? ¿Usted también vino a ver la competencia?
El fondo era un rosa chillón, y en letras doradas, bordadas a mano, se leía: [¡Karina invencible!]
No solo eso, sino que todos llevaban letreros LED con el nombre de Karina, y hasta unas diademas con dibujos caricaturescos de ella.
El espectáculo era tan llamativo, que daba pena ajena.
Yolanda se masajeó la sien, deseando no tener nada que ver con ese grupo.
Mientras tanto, por otra entrada, Tomás llegaba con su gente.
Al ver el despliegue de Valentín, su boca dibujó una sonrisa torcida.
Fue directo al palco del otro lado de Valentín y, con una señal, sus amigos levantaron una bandera azul que decía: [¡Fátima, la genio, directo a la cima!]
Ambos grupos, separados por un palco vacío, agitaban sus banderas y prendían sus letreros, creando una especie de duelo silencioso.
En cuestión de segundos, los asistentes y la prensa voltearon todos hacia esa zona, enfocando cámaras y celulares.
[¡No puede ser, el Sr. Valentín y el Sr. Tomás están compitiendo en serio!]
[Uno apoya a la exnovia, el otro a la nueva. ¡Esto sí que se va a poner bueno!]
[¡Los chismes de los ricos son más emocionantes que el torneo de inteligencia artificial!]

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