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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 568

Sebastián apretó los labios, sin responder.

Tal vez ya había caído en cuenta de lo impulsivo y sin sentido que había sido ese golpe que soltó hace un momento.

Frunció el entrecejo con fastidio y, sin poder evitarlo, su mirada se desvió hacia la puerta cerrada de la habitación.

La puerta seguía cerrada, no podía ver nada de lo que pasaba adentro.

De pronto, Lázaro, que había estado en silencio todo este tiempo, habló.

—Sebastián, ven conmigo tantito.

Luego se volvió hacia Karina. Sus facciones, que normalmente se veían duras y serias, de repente se suavizaron. Le pasó un brazo por los hombros y la llevó a sentarse en la banca del pasillo.

—No te enojes, voy a platicar con él. Tú descansa aquí un rato.

Ambos hombres se alejaron, uno detrás del otro, hasta el balcón.

El viento afuera soplaba todavía más fuerte y helado que antes.

—Esta vez sí te pasaste —soltó Lázaro, con tono tranquilo pero firme.

Sebastián sacó su cajetilla y encendió un cigarro. Dio una calada profunda, tan fuerte que terminó tosiendo.

—Te di la oportunidad, pero fuiste tú quien no la aprovechó.

—A partir de ahora, tú y Belén, cada quien por su lado.

Sebastián alzó la vista, incrédulo, con los ojos muy abiertos.

Pero antes de que pudiera decir algo, Lázaro añadió:

—Hay personas que, si ya las perdiste, es mejor dejarlas ir. Aferrarse no sirve de nada.

Le palmeó el hombro con fuerza.

Después de tantos años de amistad, conocía a Sebastián lo suficiente como para saber que era inteligente. Estaba seguro de que, tarde o temprano, él mismo entendería todo esto.

...

Esta vez tocaba el chequeo de los cuatro meses del embarazo. Había muchísimos exámenes.

Sin embargo, al tener a Lázaro a su lado durante todo el proceso, Karina no se sintió ni aburrida ni cansada.

De hecho, dondequiera que pasaban, atraían miradas llenas de admiración y hasta envidia.

A fin de cuentas, estaban en la clínica privada más exclusiva de la ciudad; quien iba ahí, tenía que ser de familia adinerada o influyente.

Pero incluso entre la gente con dinero, casi nunca se veía a los esposos acompañando a sus mujeres a todos los chequeos.

Normalmente iban acompañadas de alguna empleada doméstica, o, con suerte, la suegra se daba una vuelta.

Pero que un hombre como Lázaro —alto, guapo, imponente, atento y paciente— estuviera todo el tiempo pendiente de su esposa, corriendo de un lado a otro para hacerle todo más fácil, era un caso rarísimo. Era como encontrar una aguja en un pajar.

Bueno, lo que él quisiera.

Después de todos los exámenes, ambos pasaron al consultorio del doctor.

Curiosamente, Lázaro tenía más preguntas que la propia Karina, que era la embarazada.

—Doctora, últimamente en las noches no puede dejar de moverse, ¿será que le falta calcio? Si necesita tomar algo, ¿cuál es más fácil de absorber?

—¿En la comida hay algo que deba evitar? Últimamente se le antoja la comida picante, pero como tiene problemas de estómago, ¿podrá comer un poco?

—Ya tiene cuatro meses, ¿hay algún detalle importante sobre la vida en pareja que debamos cuidar?

—¿Y de ejercicio? Aparte de caminar, ¿hay algo más que pueda hacer? ¿Cuánto tiempo al día es lo ideal?

—...

La lista de preguntas no terminaba, Karina se quedó sorprendida de tantas cosas que le pasaban por la cabeza.

La doctora, una mujer de mediana edad, de carácter afable, no pudo evitar reír con el bombardeo de preguntas, pero de igual forma respondió cada una con paciencia.

Al final, miró a Karina y la felicitó:

—Sra. Juárez, de verdad encontró a un excelente marido. No he visto a ningún futuro papá tan detallista.

—Hoy en día, ya casi no hay hombres así. De veras, qué suerte la suya.

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