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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 569

Karina tenía las mejillas un poco encendidas y, algo apenada, le lanzó a Lázaro una mirada de reproche cariñoso.

—Eres de esas personas que se preocupan por todo, ¿verdad? Nada se te escapa.

Aunque sus palabras iban cargadas de regaño, su corazón se sentía cálido y lleno de ternura.

Ella siempre había pensado que era lo suficientemente cuidadosa. Al ser la primera vez que estaba embarazada, todo lo hacía con extrema precaución: antes de comer cualquier cosa o usar algún producto, primero buscaba información en internet, temerosa de que algo pudiera perjudicar al bebé.

Pero Lázaro resultó ser aún más meticuloso que ella.

Cuando salieron del consultorio, Karina no pudo evitar reírse de lo nervioso que él estaba.

Lo miró de reojo y, queriendo bromear, le soltó:

—Señor Lázaro, si tanto te preocupa lo que me pase a mí y a tu hijo, entonces deberías dejar de estarme molestando tanto, ¿no crees?

Lázaro giró la cabeza y en sus ojos oscuros asomó una chispa traviesa.

—La doctora dijo que dentro de cuatro meses puedes empezar a hacer ejercicio.

Luego, con una seriedad que solo él podía fingir en ese momento, añadió:

—Y además, durante el embarazo aumenta la necesidad física. Si no la atiendes, las embarazadas pueden volverse irritables o deprimirse.

Se acercó a su oído, y su aliento cálido rozó la oreja de Karina.

—Así que, en el fondo, solo te estoy ayudando.

Karina no podía creer lo que acababa de escuchar. Este hombre, ¿acaso no tenía filtro?

—¿Y de dónde sacaste eso? ¡Qué tontería es esa!

—Más bien parece que lo que quieres es aprovecharte, ¿verdad?

Lázaro soltó una risa baja, abrazándola por la cintura con una mano, mientras con la otra cargaba su bolsa y un montón de estudios médicos.

—Entonces, ¿por qué no pensamos que nos ayudamos mutuamente? ¿Sí?

El tono de su voz subió apenas al final, cargado de ese magnetismo que siempre conseguía desconcertarla.

Karina torció la boca, decidiendo que no valía la pena seguirle el juego.

Le apartó la cara y cambió de tema.

—¿Ya nos vamos a casa?

Lázaro no respondió enseguida.

Para ese momento, ya habían llegado al estacionamiento.

Él abrió la puerta del copiloto, cuidando que ella no se golpeara la cabeza al entrar. Esperó a que Karina se acomodara antes de cerrar la puerta con delicadeza.

Puso todas las cosas en el asiento trasero y después rodeó el carro para sentarse al volante y colocarse el cinturón.

—Amor, ¿no sientes que nos falta algo?

Deseaba con desesperación formar una familia, alguien que lo quisiera de verdad.

Por eso, cuando Karina le preparaba la comida, cuando lo cuidaba si se enfermaba o lo abrazaba cuando llegaba agotado, él ya estaba completamente perdido por ella.

La amaba, así, sin remedio, como se ama siendo esposo.

Pero Karina era distinta.

Ella creció rodeada de cariño, siempre tratada como una princesa, así que tal vez no podía entender esa necesidad casi obsesiva de amor que él sentía.

Además, su relación había ido tan deprisa que ni siquiera tuvieron tiempo para lo más básico de cualquier pareja: nunca salieron juntos de cita, nunca hubo cortejo, nada. Simplemente brincaron directo al matrimonio y a la familia.

¿Cómo se podía sostener un matrimonio duradero con una base tan frágil?

En el fondo, Lázaro anhelaba un hogar para toda la vida.

Pero Karina era joven, todavía una mujer con sueños de vivir un amor apasionado y lleno de emociones.

Por eso, Lázaro supo que tenía que reconstruir lo que les hacía falta.

Al ver que Karina seguía estrujándose la cabeza sin encontrarle sentido, Lázaro por fin habló.

—Lo que nos falta es el noviazgo.

La miró con una sinceridad inmensa.

—Karina, ¿te gustaría que tengamos una historia de amor desde el principio? ¿Puedo invitarte oficialmente a ser mi novia?

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