Beatriz sintió una punzada violenta en el pecho, y un sabor metálico y dulce le subió de golpe a la garganta.
Se apretó la zona del corazón, con un dolor que casi no la dejaba respirar.
El guardaespaldas palideció y corrió a sostenerla.
—Señora Tomás, ¿estás bien? —le preguntó, preocupado.
Beatriz tardó un buen rato en recuperarse y apenas pudo mantenerse en pie.
Apartó al guardaespaldas con un empujón y, con voz ronca, le ordenó:
—Sal de aquí.
—La señorita Karina me ordenó que no me separara de ti ni un segundo —respondió él al instante.
—¡Que salgas! ¡Te dije que te largues! —le gritó Beatriz, clavando sus ojos enrojecidos en Elías.
Al ver que estaba al borde de un colapso, el guardaespaldas no tuvo más remedio que retirarse y cerrar la puerta tras de sí.
En un instante, la habitación quedó solo para ellos dos.
Poco a poco, Beatriz se fue calmando, pero era una calma desoladora, la de quien ya no espera nada.
Caminó hasta el sofá y se sentó.
Viendo que ya no estaba fuera de control, Elías tomó el acuerdo de divorcio y lo arrojó sobre la mesa.
—Fírmale ya.
Su tono era el de quien exige lo que le corresponde.
—Total, ya metiste a tu equipo principal en Grupo Galaxia, y la empresa de seguridad cibernética de Ciudad Alba se la dejaste al subdirector. Mejor dámela a mí de una vez, déjame encargarme de ella.
—Después de todo, fui yo quien te ayudó a elegir ese terreno.
Beatriz se rio.
Aún tenía las marcas de las lágrimas en el rostro, pero su sonrisa era fría como el hielo.
—¡Ni lo sueñes!
—La empresa no te la voy a dar nunca —dijo, levantando la vista con una mirada afilada como un cuchillo—. Metí al equipo en Grupo Galaxia para abrirnos a un mercado más grande. Pero ¿tú? ¿Qué capacidad tienes para dirigir una empresa?
El rostro de Elías se ensombreció de tal manera que parecía a punto de estallar, y la fulminó con la mirada.
—¡Lo sabía! ¡Siempre me has menospreciado! ¡Beatriz, siempre has creído que no soy capaz!
—Te la pasas diciendo que yo cambié, ¡pero desde el principio fuiste tú la que empezó a verme como poca cosa!
—¡Me tenías encerrado en la casa y nunca me dejaste meter mano en los asuntos de la empresa! ¡Soy un hombre! ¡Por qué demonios tengo que dejar que una mujer me mantenga!
Al escuchar esas palabras retorcidas, Beatriz volvió a reír, y las lágrimas brotaron de nuevo con fuerza.
El hombre al que le había entregado el corazón para cuidarlo y darle todo, al final, sentía que ella lo estaba humillando.
—¡Sí, no tienes la capacidad!
—¡Aparte de despilfarrar mi dinero para mantener tu patética apariencia, dime qué más sabes hacer!
—¡Claro que intenté que te involucraras en la empresa! ¡Pero cada proyecto en el que metiste las manos terminaba siendo un desastre! ¿Y quién crees que tenía que andar detrás de ti arreglando tus porquerías?
—¡Eres un inútil! ¡Un bueno para nada que solo sabe quejarse de lo que una mujer le da!
Se escuchó un chasquido seco.
Elías le había soltado una bofetada con todas sus fuerzas.

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