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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 855

En la puerta de la habitación, Karina se detuvo y, dándose la vuelta, le impidió el paso.

—Dame el celular. Quiero dormir sola.

La luz en los ojos de Valentín se apagó al instante. La miró, casi suplicante.

—No haré nada, solo quiero dormir abrazado a ti.

Karina frunció el ceño, pero su corazón no vaciló ni un ápice.

No quería perdonarlo.

El daño ya estaba hecho. Que ahora él se arrepintiera e intentara enmendarlo de todas las formas posibles no significaba que ella pudiera actuar como si nada hubiera pasado.

—Dame el celular —repitió.

Los delgados labios de Valentín se tensaron en una línea recta, y la obsesión volvió a asomar en su mirada.

—Si dormimos juntos, te lo daré.

Karina lo miró profundamente y, sin decir una palabra más, cerró la puerta de la habitación.

Con un clic, echó el seguro.

«Tampoco es que me vaya a morir por no usar el celular».

La verdad es que estaba agotada. Supuso que era por haber estado tanto tiempo en coma; sentía el cuerpo ajeno, como si flotara en una nebulosa.

Se aseó rápidamente y se desplomó en la cama, quedándose dormida al instante.

***

Durante la semana siguiente, la vida de Karina fue muy rutinaria.

Por el día, tomaba el sol y dormía.

Por la noche, después de cenar, seguía durmiendo.

El médico venía puntualmente todos los días para darle masajes y revisarla.

Su cuerpo se recuperaba a un ritmo visible, pero su ánimo se hundía cada vez más.

Se dio cuenta de que Valentín la estaba aislando deliberadamente del mundo exterior.

Cada vez que intentaba usar el celular a solas para revisar su WhatsApp, él se lo impedía con cualquier excusa.

Parecía que no quería que contactara con nadie.

Karina incluso empezó a sospechar que Valentín había cometido algún crimen terrible en su país y que lo estaban buscando, por eso la había llevado a aquella isla remota para esconderse.

Al llegar a esa conclusión, curiosamente, dejó de insistir en tener el celular.

La mujer respondió con una larga parrafada en su incomprensible lengua austronesiana, de la que solo logró pescar una palabra: —Pacific.

¿El Pacífico?

El corazón de Karina dio un vuelco.

Respiró hondo para calmar su conmoción y le dedicó una sonrisa amable a la mujer.

Se señaló a sí misma y luego a la empleada, haciendo el gesto de hablar. —Teach me. (Enséñame).

La mujer se quedó perpleja un instante, pero enseguida comprendió lo que quería decir y asintió con alegría.

En los días siguientes, Karina demostró un talento asombroso para los idiomas.

Desde los saludos más básicos como “hola” y “gracias” hasta los nombres de objetos cotidianos, parecía recordarlo todo al instante.

En solo tres días, ya era capaz de formar frases sencillas para una comunicación básica.

Esa noche, sonó el teléfono fijo de la mansión.

La voz de Valentín llegó a través de la línea, con un tono cansado. —Me ha surgido algo de imprevisto aquí. Tendré que salir de viaje un par de días.

—Pórtate bien en la isla, no te vayas por ahí. Espérame a que vuelva.

Karina, sosteniendo el auricular, preguntó: —¿Y mi celular?

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