Media hora después.
Las puertas de la sala de urgencias se abrieron de golpe.
Valentín saltó como resorte y se plantó frente al médico.
Ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos, pero se adelantó a gritar:
—¡Sálvela! No me importa cuánto cueste, aunque tenga que comprar este hospital, ¡tiene que salvarla!
—¿Me escuchó? ¡Pago lo que sea!
El médico, asustado por esa mirada que parecía querer devorarlo vivo, se quitó el cubrebocas rápidamente para calmarlo:
—Señor, por favor, cálmese.
—Afortunadamente llegó a tiempo. Perdió mucha sangre, pero ya le hicimos una transfusión.
—La operación fue un éxito. La señora está fuera de peligro por el momento, ahora solo queda esperar a que despierte naturalmente.
Valentín soltó un suspiro tan fuerte que casi se desploma en el suelo.
No estaba muerta. Eso era lo único que importaba.
Mientras no estuviera muerta, todavía había esperanza.
***
En cuanto la condición de Karina se estabilizó, Valentín la llevó de regreso a la isla.
Pero pasaron varios días.
Karina no daba señales de despertar.
Valentín montaba guardia junto a la cama, con una toalla húmeda en la mano, limpiándole la palma de la mano con delicadeza.
—Mi amor, ya dormiste mucho, es hora de despertar.
—¿No querías salir? En cuanto despiertes, te llevaré a donde quieras. Yo te acompaño.
—A las montañas nevadas de Suiza, a ver las auroras boreales en Islandia... El mundo es enorme y hay muchos paisajes que no has visto. No te duermas, ¿sí?
Susurraba estas palabras cuando, de pronto, alguien tocó suavemente la puerta de la recámara.
El asistente entró apresurado, con cara de preocupación, y bajó la voz:
—Señor, tenemos problemas con el proyecto.
Valentín frunció el ceño, y una impaciencia violenta cruzó por sus ojos.
Con mucho cuidado, metió la mano de Karina bajo la sábana delgada, la arropó bien y luego se levantó, saliendo de la habitación con un aura helada.
Junto a la alberca exterior.
Valentín se sentó en un camastro y encendió un cigarro.
El asistente le entregó un documento.
—Señor, ese proyecto de infraestructura digital en el extranjero que usted llevaba tiempo planeando y asegurando... hace unos días, un misterioso competidor ganó la licitación.
—Y hay más. El proyecto del resort que planeaba construir para la señora también fue interceptado por ese mismo sujeto.
La mirada de Valentín se afiló: —¿Ya averiguaron quién fue?
Al otro lado de la línea, el Sr. Franco soltó un bufido:
—Me acabo de enterar. Ese muchacho tiene agallas, atreverse a usar la identidad del Sr. Boris tan descaradamente.
—Parece que lo acorralaste de verdad. Quiere usar ese nombre para hacer ruido, armar un escándalo y que tu mujer escuche su nombre para que salga de su escondite.
Al llegar a este punto, el Sr. Franco hizo una pausa, con un tono de regocijo malicioso:
—Lástima que, por más que planee, no contó con que tu mujer probablemente ni siquiera recuerda quién diablos es él.
Al escuchar esto, la irritación inexplicable en el pecho de Valentín se disipó un poco.
Cierto.
Karina ya había olvidado el pasado.
En su memoria, Lázaro no era más que un desconocido.
—Ya que él mismo se busca la muerte, vamos a complacerlo.
Valentín miró la ceniza que quedaba en sus dedos, con un tono gélido:
—No tiene bases en el extranjero. Ya que los mercenarios convencionales no pueden con él, jugaremos sucio.
—Filtren su ubicación a los narcos del Triángulo Dorado y a esos líderes terroristas de Medio Oriente.
—Lázaro les reventó bastantes guaridas en el pasado. Estoy seguro de que, si se enteran de que El Invencible está solo y desprotegido en el extranjero, estarán encantados de mandarlo al infierno.
Al otro lado del teléfono, el Sr. Franco soltó una carcajada:
—Valentín, eres un cabrón despiadado. Esa estrategia de matar con cuchillo ajeno me agrada mucho.

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