Esa misma noche.
Valentín siguió la señal del localizador y, al ver que se trataba de un hombre, se quedó pasmado.
Le arrebató la mochila al sujeto y encontró el chip con sangre seca en el bolsillo de malla lateral.
En ese instante, Valentín estalló en cólera; la tormenta en sus ojos parecía capaz de devorar todo a su alrededor.
—¡Karina Leyva!
De verdad había sido capaz de hacerse eso a sí misma.
Era un chip implantado bajo la piel, ¡y se lo había arrancado en carne viva!
—¡Búsquenla!
—¡Volteen todo el archipiélago si es necesario, pero encuéntrenla! —rugió Valentín.
Sin embargo, esta vez, sin el rastreador, era como buscar una aguja en un pajar.
Durante varios días, la gente de Valentín puso de cabeza las islas cercanas, pero no volvieron a encontrar ni rastro de Karina.
***
Para entonces, Karina ya había llegado a otra isla a cientos de millas náuticas de distancia.
Estaba muy lejos del territorio de Valentín.
Quería averiguar dónde se hospedaba el presidente de Innovación Quantum S.A.
Pero como trabajaban en un proyecto estatal, su itinerario era secreto de estado, y ella, siendo una indocumentada, no podía conseguir ninguna información.
Justo cuando Karina empezaba a desanimarse, vio un póster en el tablón de anuncios del muelle.
«Gira Nacional de Beneficencia de IA — Próxima parada: Resort Isla Prisma».
El póster decía: [Entrada gratuita, abierto a todo el público. Exhibición de la tecnología y aplicaciones de IA más avanzadas].
El corazón inerte de Karina dio un vuelco repentino.
IA.
¿Hasta dónde había llegado el desarrollo de la IA hoy en día?
Karina tomó una decisión en secreto: iría a ver.
Aunque por ahora no encontrara a su mamá, tenía que ver esa exposición.
Karina hizo trabajos temporales por todo el camino; lavó platos, cargó mercancía, reparó aparatos electrónicos y finalmente juntó lo suficiente para el boleto de barco a Isla Prisma.
Sin embargo, justo cuando se preparaba para abordar el último ferry de pasajeros...
En la entrada del muelle, dos hombres con trajes negros y lentes oscuros llamaron su atención.
Aunque estaba lejos, pudo reconocerlos: eran gente de Valentín.
Tenían fotos en la mano y estaban comparando a los pasajeros uno por uno.
Karina retrocedió de golpe y se escondió detrás de un contenedor, con el corazón a mil por hora.
No podían descubrirla.


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