—No hace falta —dijo Bernardo cortante, y se dio la vuelta para salir de la enfermería.
Elvira corrió tras él.
—¡Bernardo! ¡Bernardo!
Pero él no tenía intenciones de detenerse.
En su apuro por alcanzarlo, Elvira resbaló. Estaba a punto de irse de bruces cuando Bernardo extendió el brazo y la sostuvo con firmeza.
—¿Te... te lastimaste? —preguntó en voz baja.
Ella negó con la cabeza. Metió la mano en el bolsillo y sacó un tubo de crema desinflamatoria.
Como últimamente estaba haciendo mucho ejercicio, siempre la llevaba consigo para los moretones. Se la puso en la mano a Bernardo.
—Vi que el golpe no es grave. Yo uso esto todo el tiempo, deberías probarlo.
Él miró el tubo en silencio.
Elvira sabía perfectamente que él era un hijo ilegítimo, constantemente humillado por Doña Teresa y Julio. Con la familia Lozano en crisis, era impensable que le dieran dinero.
De hecho, que estudiara en el Instituto Linares era un milagro impulsado por las apariencias de la señora Lozano.
Ochenta pesos probablemente eran todo su presupuesto de la semana.
—Gracias, pero no lo necesito —respondió él, devolviéndole la pomada.
Entendiendo que su orgullo estaba de por medio, Elvira cambió de táctica.
—Oye, no te la estoy regalando. ¡Esto es parte de tu pago!
Al escuchar la palabra pago, Bernardo se detuvo.
—Sé que en esa casa no te dan dinero y acabas de ayudarme. Quiero proponerte un trato.
—¿Qué tipo de trato?
—Sabes que estoy a dieta. Si me ayudas a entrenar y bajar de peso, te pagaré quinientos pesos al mes. ¿Qué dices?
Él frunció el ceño.



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