Diciendo esto, Elvira sacó un par de tenis de debajo de su cama y se los puso a Bernardo en las manos.
Al ver esos tenis deportivos de marca, Bernardo frunció levemente el ceño:
—¿De dónde sacaste el dinero para esto?
En la familia Torres, aunque Alejandro y Beatriz no lo trataban mal, sí eran estrictos con Elvira.
Su mesada mensual era fija, pues bajo ninguna circunstancia permitirían que desarrollara el mal hábito de gastar a manos llenas desde tan joven.
—Esto... son mis ahorros.
Elvira mintió sin que le temblara la voz.
En realidad, el dinero para comprar los tenis había salido de la comisión que le dio el licenciado Valdés.
Ese mes, el abogado había recibido un bono de cinco mil pesos, y tal vez por cargo de conciencia, le entregó dos mil quinientos a ella como muestra de agradecimiento.
Sumando eso a la mesada mensual de Elvira, le alcanzó perfecto para comprar el calzado.
—¿Tus ahorros?
Era evidente que Bernardo no creía ni una sola palabra de lo que decía Elvira.
Al ver que él dudaba, Elvira lo empujó rápidamente hacia la puerta de la habitación y le dijo:
—¡Bueno, bueno, ya vete! ¡Tengo que estudiar! ¡Y no lo olvides, el primer día de clases te los pones para que yo los vea!
¡Pum!
Tan pronto terminó de hablar, Elvira le cerró la puerta en la cara.
El orgullo de un adolescente siempre es frágil. Aunque Bernardo necesitaba dinero, nunca lo pedía; prefería salir a trabajar en pequeños oficios para ganarse lo suyo.
Durante esos dos meses, los regalos que Bernardo le había dado sumaban mucho más del valor de esos tenis.
Esos zapatos eran, al fin y al cabo, su forma de darle las gracias.
Afuera de la habitación, Bernardo bajó la mirada hacia los tenis que sostenía en las manos, y sus ojos se llenaron de una profunda ternura.
Al escuchar las delirantes suposiciones de Viviana, Elvira no pudo evitar soltar una carcajada.
—¿Quién te dijo que me hice una liposucción? ¿Y quién te inventó que fui a una clínica estética?
—¡Eso a ti no te importa! El punto es que un compañero te vio, y ya.
Viviana se cruzó de brazos con aire de superioridad.
—Elvira, te lo advierto, Julio y Sabrina están mejor que nunca, ¡así que deja de intentar meterte con él!
Frente a las constantes provocaciones de Viviana, Elvira no se quedó callada. Se puso de pie y, con una sonrisa fría, le respondió:
—Viviana, ¿sabías que difamar a alguien en público conlleva consecuencias legales?
—¡Yo no estoy difamando a nadie, solo digo la verdad! Todos sabemos que el otro día, en la Quinta Las Camelias, si Julio no llegó a la cita fue porque tú te metiste. ¡Elvira, de verdad no tienes vergüenza! ¡Hasta fuiste capaz de llamar a la casa de Julio para delatarlo y hacer que él y Sabrina se pelearan! ¿Cómo es posible que en la Clase Élite tengamos a alguien con la mente tan retorcida como tú?
La voz de Viviana resonó tan fuerte que no solo la escucharon en su salón, sino también en los pasillos. Varios alumnos de otras clases se amontonaron en la puerta de la Clase Élite para ver de qué se trataba el escándalo.

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